Críticas

Cómo te voy a olvidar (algunas exhibiciones del 2016, primera parte)

Claudio Guerrero
Investigador y docente

 

Amor, amor, amor,

Amor, amor, amor

Quiero que me vuelvan a mirar tus ojos

Los Ángeles Azules, Cómo te voy a olvidar

 

Es probable que el recién pasado año 2016 haya ido a ver ―intenté hacer la cuenta― unas 150 exposiciones. Difícilmente fueron más de 200, lo que significa que visité menos exhibiciones de artes visuales que los años anteriores, cuando mi recuento solía promediar unas 300. Lo cierto es que este año estuve bastante ocupado en otros menesteres. Escribí, y bastante, de cosas que nunca había escrito. El dulce arte del inauguracionismo se convirtió en una distracción que debí medir y administrar. Por lo demás, me enamoré de alguien que no era del mundo del arte, así que no era difícil quedarse afuera de él. También incidió en el bajo índice de exhibiciones el hecho de que el dinero escaseara y apenas me moviera de Santiago. Sentado frente al computador, sin embargo, la prensa se transformó en mi mejor compañera de procrastinaciones, así que leí, creo, cada cosa que se publicó en los medios digitales sobre nuestro campo local de arte contemporáneo. Estas determinaciones marcaron mi experiencia de las artes visuales el 2016 y con ellas he construido este recuento de exhibiciones y espacios que me parecieron memorables.

 

Si te clavaste aquí en mi corazón, y de amor, has llenado mi alma

Me parece indiscutible que en Santiago ha bajado la vigorosa actividad que ostentaron los espacios independientes pocos años atrás. Del 2011 al 2014, se abrieron decenas de espacios independientes en la capital que lograron mantener una agenda consistente durante cierto tiempo e incluso sustentaron la formación de circuitos y encuentros como no se veían desde los primeros años de este siglo. En otras regiones, al menos desde la distancia, el panorama parece algo más promisorio para los independientes. En Valparaíso, por ejemplo, el Circuito de Espacios Domésticos (CED) se afianza junto con la programación constante de iniciativas como Worm, Gálvez Inc., La Pan y Nekoe, entre otras. A ellos se suma una serie de casas, residencias y talleres que incluyen instancias de creación y exhibición de artes visuales y varios tipos de expresiones.

Con lo anterior no quiero decir que en Santiago los espacios independientes hayan desaparecido, solo que el ritmo de esta escena parece haber decrecido. Algunos de los más antiguos, como Galería Metropolitana, siguen plenamente activos y no dejan de aparecer nuevas iniciativas, como el Instituto Tele Arte. De hecho, algunos de los espacios que se formaron en el ciclo 2011-2014 gozan de buena salud. Galería Tajamar está pronta a cumplir seis años funcionando en un particular kiosko hexagonal de vidrio en las Torres de Tajamar, íconos del patrimonio moderno de Santiago. Sus cualidades espaciales lo convierten en una de las mejores vitrinas de la escena santiaguina para exhibir objetos (literalmente, pues sus visitantes pueden apreciarlos en 360° las 24 horas del día) o realizar una intervención site specific. Sea intervención u objeto, estás interactuando con el fragmento de un proyecto de arquitectura que fue concebido, en buena medida, como una obra de arte concreto. Tal vez por ello es que a la Galería podemos atribuirle una línea formalista y decorativa, en el sentido histórico y modernista del término. Cuesta encontrar en ella trabajos que incluyan palabras o remitan directamente al contexto, lo que le da un particular sentido de identidad a su trayectoria de más de un lustro.

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Presentación de Panteras Negras en Sagrada Mercancía (Arte Sonoro III, 6 de enero de 2017). Fotografía: Claudio Guerrero.

 

Un espacio con un recorrido algo más corto pero bastante estimulante es Sagrada Mercancía, que este 2016 se ha consagrado como uno de las iniciativas independientes más visibles de la capital, haciendo gala de una renovada coquetería que los llevó a ArteBA y atrajo a las visitas internacionales de la feria Chaco. Sus características son opuestas a Tajamar. Se trata de una edificación que no formó parte de ningún proyecto artístico o intelectual, sino que funciona en lo que fue un taller mecánico edificado a lo largo de los años en adobe, ladrillo y madera. Un inmueble que pertenece a lo que algunos llaman el «patrimonio modesto».

Lo cierto es que una decidida gestión y curatoría ha aprovechado con bastante radicalidad las particularidades del espacio que ocupa Sagrada Mercancía. Organizan pocos eventos al año y exhibiciones de uno o dos artistas, lo que les ha permitido evolucionar hacia un modelo de residencia. En cada exhibición resulta notorio que los gestores de esta espacio no lo están «prestando», sino que se encuentran plenamente comprometidos con cada proyecto de los artistas que invitan. Eso se nota en los montajes, que están entre los mejores iluminados de Santiago. Caso aparte son sus sesiones de Arte sonoro, a medio camino de conciertos y performance, en los que se han presentado verdaderos próceres del punk y el hip hop santiaguino, ensayando usos no convencionales del espacio público y combinando audiencias diversas cuyos circuitos de ocio y cultura no suelen coincidir.

 

Cómo no acordarme de ti, de qué manera olvidarte

A pesar de que las dimensiones y subdivisiones domésticas de su espacio no le ayudan, el Museo de la Solidaridad Salvador Allende presentó tal vez las más interesantes exhibiciones históricas del año: Poner el cuerpo. Llamamientos de arte y política en los años ochenta en América LatinaPop crítico y La emergencia del pop. Irreverencia y calle en Chile. Todas nos entregaron materiales que aún no han ingresado a los relatos nacionales o continentales del arte latinoamericano o bien lo han hecho a contrapelo de las narraciones habituales. Particularmente interesantes fueron las dos exhibiciones dedicadas al Pop.

 

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Obras de Virginia Errázuriz y Valentina Cruz en la muestra La emergencia del pop. Irreverencia y calle en Chile en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende (julio-septiembre de 2016). Fotografía: Museo de la Solidaridad Salvador Allende.

 

Pop crítico, curada por Soledad García, fue una estimulante revisión de la colección del Museo de la Solidaridad en la clave del Pop, el Nuevo Realismo y una serie de tendencias relacionadas, en su mayoría conformada por obras de artistas que no trabajaban en Estados Unidos ni Inglaterra, de donde provienen sus más repetidos lugares comunes. Al contrario, se trataba de un interesante conjunto de obras de artistas latinoamericanos, españoles y europeos del este, entre otros, que incorporaron en sus lenguajes referentes del Pop internacional y de la cultura popular que les rodeaba para instalar y representar visiones críticas respecto del contextos en que se desarrollaron, desde contingencias políticas nacionales hasta la Guerra de Vietnam .

La emergencia del pop. Irreverencia y calle en Chile, curada por la misma García junto a Daniela Berger, constituyó una inédita revisión del arte de la segunda mitad de los 60 e inicios de los 70 en Chile, también en clave del Pop, que incluía una notable variedad de materiales, desde obras de diversas técnicas y formatos, algunas muy poco conocidas, hasta una escueta pero sugerente revisión de la cultura visual del período, con libros, discos y afiches. Las arpilleras de Virginia Errázuriz, los objetos de Valentina Cruz, el biombo de Cecilia Vicuña, las portadas de Guillermo Núñez para la revista Ercilla y la gráfica de Hugo Rivera están entre los mejores aportes al imaginario histórico del arte chileno que nos dejó este año. Las tres exposiciones nombradas, sin embargo, merecían catálogos impresos a la altura de las circunstancias, que pudieran contener los textos y documentos de las investigaciones que las generaron. Si eso implica para el Museo realizar menos exhibiciones al año, tal vez es un precio que merece la pena pagarse. Y esto vale tanto para esta institución como para otras que investigan sus colecciones o realizan curatorías históricas.