Críticas

Cómo te voy a olvidar (algunas exhibiciones del 2016, segunda parte)

Claudio Guerrero
Investigador y docente

**El comienzo de este artículo puede leerse aquí.**

Si todo me recuerda a ti, en todas partes estas tú

Resulta que el amor del 2016 se acabó, pero quedó un amigo, un nuevo amiguex. Y uno bueno, que me presta su bicicleta cuando la mía lleva mala algunos meses. Y como andar en bicicleta me pone optimista y como consideré que no podía hacer este recuento 2016 sin conocer el espacio en torno al cual se armó la polémica que marcó este año, me puse a pedalear y en menos de 30 minutos, partiendo desde Plaza Italia, arribé al Centro de Nacional de Arte Contemporáneo Cerrillos. Llegar no fue difícil y parece que sí lo ha sido para otros santiaguinos, como la artista que consideró un sinsentido «meter lucas en un museo que está en el culo del mundo» o el académico que declaró ―seguro que con total sinceridad― haber estado más veces en Londres que en Cerrillos.

Ya desde el 2015 se sabía, informalmente, que el edificio del antiguo Aeropuerto Cerrillos había sido restaurado y remodelado y se convertiría en un nuevo centro dedicado a las artes visuales. También que dependería del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes y, en el futuro, del Ministerio de las Culturas, el que aún se encuentra en trámite legislativo. Por redes sociales comenzaron a circular fotos de insignes artistas y curadores de Chile y el extranjero que eran invitados a conocer el lugar donde funcionaría esta nueva institución.

Ya entonces se escucharon las voces de algunos detractores, pero la verdadera polémica comenzó tras la cuenta pública de la presidenta Bachelet ante el congreso pleno el 21 de mayo. Dedicó sólo 55 segundos de su discurso a hablar de cultura, el tiempo más escueto de las cuentas públicas que ha realizado en su primer y segundo gobierno. Los dedicó a celebrar el avance del programa de construcción de centros culturales en ciudades de más de 50 mil habitantes y las obras de la segunda etapa del Centro Cultural Gabriela Mistral que finalizarán a fines del 2017. El único anuncio fue que en septiembre se inauguraba Cerrillos. Y ahí estalló todo.

Desde la semana siguiente y hasta los primeros días del 2017, la polémica no ha cesado. No hay semana en que no haya aparecido un artículo, columna, entrevista, reportaje o carta a favor o en contra de Cerrillos, algunos extremadamente virulentos. Ni hablar de las feroces discusiones y acusaciones por redes sociales. La prensa impresa, que no se caracteriza por su atención permanente a las artes visuales, afiló los dientes y dio amplia tribuna a las partes. El asunto adquirió aristas electorales ante la bajísima popularidad de este gobierno y la posibilidad de que en las elecciones presidenciales del 2018 gane la derecha e incluso terminó por destapar viejas disputas entre los integrantes de la llamada «escena de avanzada».

Cerrillos

Por cierto, las críticas a Cerrillos van por diversos flancos. Se dijo que no hubo consultas en las instancias participativas del Consejo de la Cultura, que el Estado ya tendría instituciones con funciones análogas condenadas a la falta de presupuesto y que continuaba con la característica política de inaugurar grandes centros culturales de los últimos gobiernos. También de que se trataba de una nueva gran inversión en Santiago en desmedro del resto de las regiones, que hasta hoy no sabemos con claridad cuáles son las funciones de Cerrillos, que todo lo hemos ido sabiendo por goteo a través de la prensa, que el estado financiará la conservación de colecciones privadas o bien que su colección se formará a costa de desarmar otras colecciones públicas. Una arista no menor de la polémica en torno al Centro fue la supuesta complicidad que guardaría con el lobby y especulación inmobiliaria detrás del megaproyecto Ciudad Parque Bicentenario, tanto como el hecho de que no se esté respetando la voluntad de Daniel Guggenheim (hermano de Solomon y tío de Peggy), quien donó al Estado de Chile el dinero que permitió la compra del terreno del aeropuerto, con condición de sólo podía utilizarse para el fomento de la «ciencia aeronáutica».

Varios argumentos son atendibles. Cierto es que los gobiernos recientes se han enfocado más en la creación de espacios que en los contenidos de esos espacios o en pensar los diversos y complejos modos en el Estado puede promover programas de artes visuales más allá de inaugurar espacios y repartir fondos. Sin embargo, aún desde la perspectiva de la creación de espacios, resulta una señal de fuerte centralismo concentrar energías y presupuesto en la creación de un nuevo espacio dedicado a las artes visuales en Santiago, que cuenta con decenas de ellos (de diverso tamaño y carácter), mientras el Estado permite que existan varias capitales regionales de Chile sin un sólo espacio con un programa constante dedicado al arte contemporáneo. Instalarlo en otra ciudad no nos salvará del centralismo pues se trata de un asunto mucho más complejo, el Ministerio de Cultura o el Congreso en Valparaíso son prueba de ello. Pero ello no quita la señal de centralismo que significa la inauguración de Cerrillos.

El Centro ya está instalado aunque aún falta mucho por hacer para que pueda cumplir las funciones que se han anunciado. El edificio por sí mismo vale la pena la visita y también la vale la exhibición con que se inauguró, Una imagen llamada palabra, curada por Camilo Yáñez, asesor del Ministro de Cultura y el principal articulador del proyecto y la puesta en marcha de Cerrillos. El montaje toma el desafío nada común en nuestro medio de reconstruir algunas instalaciones históricas y de relevar algunos trabajos olvidados u otros que permanecían prácticamente inéditos. Tal vez el aparato crítico y documental que acompaña la muestra resulta escaso para una iniciativa de tal envergadura, lo que vuelve algo arbitrarias algunas conexiones entre las obras y permite que, en ocasiones, la lista de nombres de los artistas convocados pese más que sus trabajos, en el marco de una polémica en la que estos nombres significan un apoyo a la creación de este Centro.

Sin embargo, como alguien dijo, una suma es una suma, y en tal sentido Cerrillos es un espacio ganado para las artes visuales. No se trata de celebrarlo como una ganancia gremial, sino de esperar que desde aquí se articule una política nacional de artes visuales que signifique un aporte a la descentralización y a la democratización de la cultura en nuestro país. Y esto significa que en este proceso no sólo debe escucharse a los agentes del campo (los expertos, el gremio), sino la capacidad de apoyar, registrar e investigar iniciativas que no han surgido desde el «centro» y que están actualmente ampliando el campo conceptual y territorial de las artes visuales en Chile.

 

Si besando la cruz estás tú, rezando una oración estás tú

Cerrillos no fue la única polémica del año que afectó a la institucionalidad de nuestras artes visuales. La otra fue en torno a la censura de la que habría sido responsable el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, a partir del bullado caso que afectó al artista Felipe Rivas. Un efecto similar, en alguna medida, tuvo a la accidentada entrega del premio Rodrigo Rojas de Negri, que otorga el mismo Consejo, a Felipe Durán, quien se ha dedicado varios años a registrar el conflicto mapuche y pasó un año en la cárcel por supuesta violación de la ley de control de armas para luego ser absuelto.

Si el caso de Durán podría, eventualmente, haber sido el producto de una mala gestión comunicacional, el de Rivas no deja lugar a dudas de que se trató de un caso de censura. Rivas es el autor de un video que, entre otras cosas, lo muestra masturbándose frente a una foto del expresidente Salvador Allende y finalmente eyaculando sobre la imagen. La obra se mostraría como parte de una exhibición curada por Montserrat Rojas en el Centro de Extensión del Consejo de la Cultura en Valparaíso (Centex), cuando el artista fue conminado, a días de inaugurarse y con razones inverosímiles y ridículas, a cambiarla por otra obra. Rivas no lo aceptó y el Consejo optó por no dejarle montar la obra en cuestión. Esto lo llevó a presentar un recurso de protección contra el Estado, junto a la Clínica de Interés Público y Derechos Humanos de la Universidad Diego Portales, por violar el derecho a la libertad de expresión que aparece resguardado en nuestra Constitución y en el Pacto de San José de Costa Rica. La Corte de Apelaciones falló a favor del artista y la obra finalmente se expuso en el Centex. Esto, no obstante, no resuelve el problema de fondo.

El Consejo de la Cultura no fue capaz de respaldar la autonomía de la curadora que había contratado y, aun cuando esta se hubiera distanciado de la línea editorial del Centex, eso es grave. La mayoría de los espacios apoyados por empresas privadas no tocan temas que puedan causar alguna clase de polémica en relación a la política, el sexo o la religión. Los independientes generalmente están abiertos a propuestas que pueden molestar a sensibilidades conservadoras, pero por su naturaleza el campo de acción que poseen es más limitado (cabe destacar que el video y toda la documentación de este caso fueron exhibidos en Sagrada Mercancía). Ante tal panorama, resulta urgente que el Estado se comprometa con la difusión de una cultura en que prime la libertad de expresión, no el tabú, y eso comienza con el respeto por la autonomía discursiva de los agentes culturales que contrata en calidad de autores, como los artistas y curadores, con los riesgos que eso conlleva.

 

Si en una rosa estas tú, si en cada respirar estas tú

Repasemos, por último, algunas tendencias, trending topics del año recién pasado. Primero, el feminismo. Esto se veía venir. Hace años, décadas en realidad, que el feminismo forma parte de los marcos teóricos con que trabajan los artistas y críticos. Sin embargo, la gran diferencia es que si antes el feminismo era una perspectiva política y teórica que iba a contracorriente, aún dentro del propio campo cultural, hoy se trata de una postura que llega a identificarse con lo políticamente correcto. Seguro que en la última navidad en más de una familia se discutió el carácter heteronormativo de algún regalo o de la misma celebración. La educación política de las generaciones más jóvenes, al calor del Pingüinazo del 2006 y la Primavera del 2011, ha tenido no poco que ver en ello. También contribuyó que el feminismo sonara fuerte en la agenda pública gracias al inédito ―y sin duda insuficiente― nivel de conciencia que hemos alcanzado sobre la violencia de género.

Las artes visuales bien reflejaron esta tendencia y se multiplicaron los artistas y críticos que se declaran feministas y que en sus textos utilizan marcos y conceptos del feminismo para realizar crítica de arte y crítica cultural. Decenas de exposiciones tuvieron como un eje de su programa curatorial la deconstrucción y crítica de categorías que norman nuestra experiencia del género. Desde los espacios independientes hasta nuestras más antiguas instituciones, pasando por las galerías comerciales, el feminismo fue una tendencia del 2016. De todas las que vi, me quedo con una sala de la muestra (en)clave Masculino, curatoría de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes realizada por Gloria Cortés. Más allá de algunas diferencias en torno al montaje y la museografía, creo que existen pocos ejemplos de cómo una exhibición de obras puede alumbrar discusiones y conceptos y a la vez enriquecer la interpretación de esos objetos como lo hace la sala en que se muestra una galería de retratos y autorretratos de artistas y autoridades históricas de nuestra institucionalidad artística, todos hombres, vigilantes de este «enclave».

Enclave_Masculino

Vista de la sala «Linaje museal» de la exhibición (en)clave Masculino, Museo Nacional de Bellas Artes. Fotografía: MNBA.

 

 

Otra tendencia del año fueron los fanzines. Todos hicieron, hicimos fanzines. No es que antes no existieran, pero creo que nunca había visto circular tantos fanzines entre los artistas visuales. Se trata sin duda de un fenómeno trasciende este campo, he ahí lo interesante, que responde, entre otros, a la proliferación de la edición independiente en Chile y a la formación de proyectos, microeditoriales y colectivos de jóvenes artistas, diseñadores, arquitectos, escritores, ilustradores o simplemente sujetos que tienen algo que imprimir. Por cierto, entre sus principales aportes está la mezcla de lenguajes que confluyen en este formato y el que nos comprueba que no se necesita mucho dinero ―ni mucho tiempo, eventualmente― para realizar un impreso que pueda verse elegante o piante, minimalista o kitsch, según la estética que se busque. Para alguien podrá ser parte de la cultura hípster (too mainstream) y por cierto que lo es, bienvenida la rizografía, pero su proliferación ha permitido el surgimiento de cierta conciencia editorial entre los diversos agentes del campo del arte como no recuerdo haber visto antes. Esperemos que nuestros archivos de arte contemporáneo sepan apreciar esta cultura material que por su circulación informal desaparece tan rápido como aparece.

Y terminemos con algo que probablemente no fue una tendencia, pero no quería dejar de hablar de ellos: el cartón espuma. Por qué alguien querría montar una exhibición con cartón espuma ―llamado también cartón pluma o foam― como si se tratara de un material noble y durable. Este 2016 salió hasta en la sopa. En la venta de arte realizada en un edificio en construcción en que alguien lo había utilizado como paspartú. En el Centro de Extensión de la Universidad Católica simulando una suerte de foto-pinturas de unos bellísimos bodegones tridimensionales de greda y papel. En el concurso de arte joven del Museo de Artes Visuales y Minera Escondida como una serie de dibujos montados en cartón espuma mal recortado que me cuesta entender por qué el jurado permitió que se exhibiera. E incluso lo encontré en el Centro Cerrillos, en una impresión a gran escala de una magnífica fotografía de Paz Errázuriz, que con los meses y el calor se está guateando, literalmente, y en tres guateos separados según los tres trozos de cartón pluma en que se imprimió la foto, como era previsible.

Existe una ética y una estética de los materiales de la que podría hablar más extenso en otra ocasión. Pero hoy sólo diré que si no eres un estudiante entregando un examen de fin de semestre o alguien que debe imprimir una ponencia-cartel en un congreso que dura tres o cuatro días, no utilices el cartón espuma. Y si realmente lo quieres utilizar en tu obra o exhibición, que sea porque ya has pensado en la ética y estética de este material y, por tanto, ya eres consciente de sus posibilidades.

No quiero acabar este recuento del 2016 con el amargo sabor del foam. Quiero ser optimista y espero sinceramente que el 2017 sea un año con más amor y buenas exposiciones. En resumen, un año con más espumante y menos cartón espuma.