Críticas

DE GRAMSCI A VALDERRAMA. Un breve comentario acerca de Coloquio sobre Gramsci, de Miguel Valderrama (Palinodia, Santiago de Chile, 2016)

Federico Galende
Escritor y profesor U. de Chile

A lo largo de las últimas seis o siete décadas, el nombre de Antonio Gramsci ha sido receptor de toda clase de lecturas. En torno a sus ideas se forjó un trecho contundente de la historia del marxismo latinoamericano, desde Mariátegui o Agosti hasta García Linera, pasando por Nun, Aricó o Portantiero. Los últimos aprendieron el italiano para dedicarse en exclusiva al turinés, de quien fueron los primeros traductores al castellano. Regresando del exilio se agruparon en torno a una revista que, al menos en Argentina, nadie pasó por alto, La ciudad futura, y antes de partir, durante los sesenta, habían trabajado arduamente en otra publicación memorable: Los Cuadernos de Pasado y Presente. Cuando tenían Pasado y presente, como es propio de toda época febril, se habían mostrado algo reacios a descifrar el futuro, y ahora que tenían ciudad futura se mostraban, como escribió Horacio González, algo reacios a ser justos con el pasado.

Portantiero pudo escribir tal vez por eso, mediando los ochenta, un libro provocador y excepcional: se titula Los usos de Gramsci y cuenta con la particularidad de no apelar a ningún trascendental histórico ni tampoco a la especificidad de ningún pasado. Probablemente esto se deba a que el libro, en cuya primera parte se repite varias veces el nombre de Pierre Vilar, estaba dedicado a la coyuntura, es decir a la típica conjunción de fragmentos de pasado y de futuro en un presente descoyuntado, inasible, inapropiable. Durante esos años, acaso como el resto de sus colegas del Club de cultura socialista, Portantiero estaba francamente asustado: había sido tocado por los sinsabores de la persecución y el arrepentimiento y sintió, seguramente a causa de esto mismo, la obligación de elaborar una hipótesis urgente sobre las nociones de crisis y de masa. Si se piensa en una de las novedades que nos dejó el 2016 (la novedad Trump), por iluminista que fuera aquella hipótesis no parecía ser poco asertiva: la crisis de las democracias representativas corre el riesgo de ser llenada por liderazgos que apuntan a retrotraer a las masas hacia las identidades más básicas. El propio Gramsci había revisado por esto mismo su teoría de las clases en los Cuadernos de la cárcel.

            Los Cuadernos de la cárcel (un pequeño fragmento de sus páginas sombrías) son el tema sobre el que vuelve ahora el reciente libro de Miguel Valderrama, titulado Coloquio sobre Gramsci. Por diversos motivos valdría la pena recordar que antes de llegar a dicho libro, Valderrama escribió otros muy umbríos: libros que no dejaron nunca de pararse sobre desdichadísimos montículos de cadáveres, sobre el murmullo de las tumbas o sobre los documentos en los que se conserva la sobrevida de los muertos. Si se pudiese dividir a los autores, como en general me gusta hacerlo, entre lectores de signos, criptas y vestigios, y lectores consagrados al tema de la figura, Valderrama quedaría ubicado entre los primeros, en el sentido de que su trabajo se percibe más cerca de un Benjamin o un Guinzburg, que de un Auerbach o un Pasolini. Pero lo curioso es que en este libro, donde no faltan los conceptos que tiritan o las piezas teóricas que tiemblan en el maderámen de una disciplina que da la impresión de venirse a pique, ha optado por la figura, específicamente por la figura en Auerbach, de quien se podría aventurar que comparte con escritores tan distintos como Sebald o Bolaño, a quienes evidentemente no tuvo el gusto de conocer, un desdén por los “signos desplazados” o por esas infumables alegorías forzadas tan propias de los “ejercicios de dedos” del escritor neovanguardista.

¿Por qué ha optado entonces un lector de signos por acudir esta vez al tema de la figura? Una respuesta posible sería que Valderrama no contó nunca otra historia que no fuera la historia de la lágrima y la lágrima, revés furtivo de una trama teórica que él suele emplatar con piscas repartidas de decoro e ironía, acaba de hallar en este libro un motivo para emerger. Si en esta ocasión lo hace como figura, es sencillamente porque el mundo que visita Gramsci en el pasaje de los Cuadernos que este libro trata es el del Canto Décimo del Infierno,de Dante, donde Cavalcante se endereza sobre su sepulcro para informarse acerca del destino de su hijo Guido. La escena, en principio inmutable, se arma, como en aquel libro de Portantiero, a partir de un ver que está descoyuntado, puesto que Cavalcante ve el pasado y ve el futuro, pero no puede ver el presente. En el pasado su hijo Guido está vivo, en el porvenir está muerto, pero en el presente no sabe si Guido está vivo o está muerto. Es la despiadada fuente de su tormento, el punto ciego que subyace a aquello de lo que es contemporáneo.

El mundo por el que pasea Dante, desterrado él mismo de su Florencia natal y visitado retrospectivamente por un Gramsci que cambió en sueños su Cerdeña de hambrunas y tracomas por el elegante reino de los Medici y el Arno, es un mundo inalterable, un mundo infernal en el que los actos y los destinos individuales, como escribió Hegel, han sido sumergidos para siempre en una existencia invariable. De manera que la pasajera visita de Dante representa para el alma de esos muertos una única y última ocasión, para toda la eternidad, de hablar con un ser vivo, lo que introduce en la aparente inmutabilidad de su suerte, como lo quiere Auerbach, “un instante de dramática historicidad”.

El despunte de ese instante dramático es en Auerbach la figura, aquello que permite que un acontecimiento preserve todo su espesor histórico y textual, en lugar de convertirse en un signo más a descifrar. Esto, desde luego, implica un pasaje que va de la historia a la literatura, en cuyo proceso es posible para el autor de Mimesis auscultar los síntomas que resumen los desagravios de una época. Es lo que hace Valderrama: a sabiendas de que no hay realidad que no esté previamente ficcionada, abandona al Gramsci de la teoría política para encontrar esa misma política en las notas aleatorias que el italiano dedicó a la literatura. De forma que a la lágrima, desprovista de su anterior lamento callado, de sus escondrijos y su talante afligido, no le queda otra posibilidad que salir a flote para otorgarle, en este caso al presente atemporal del infierno, su modesto índice de historicidad.

El índice es modesto porque en la lectura que hace Valderrama la lágrima que se desviste exhibe, a la vez, que la historia se ha despojado por igual de promesas y clamores: no se trata del fin catastrófico del tiempo, sino del tiempo que sigue al fin, un tiempo de la espera que no conduce a ningún mañana ni se precipita tampoco a sancionar ningún apocalipsis. En la temporalidad que su libro detalla la vida sigue un curso heterogéneo, se desplaza sin avanzar en una dirección precisa, se desparasita de pretéritos y lejanas tierras prometidas. Para Valderrama no existirían ya motivos para hospedar, como lo querían Lévinas o Derrida, una supuesta justicia trascendida en la relación al otro. El Gramsci que le interesa está encerrado en un calabozo, tan oscuro acaso como aquel otro desde el que Blanqui contemplaba un lustro antes que él lo único que podía contemplar: el cielo estrellado al otro lado de los barrotes, imagen de la historia universal, útil de un día desesperado en el que en un rapto de pena se abocó a escribir una novela sobre los astros.

No es para nada el caso del Gramsci en el que se concentra este libro, un Gramsci que si baja la mirada es solo para encontrarse con sus pies, esa imagen discreta que le tapa el horizonte para emplazarlo en la inmanencia de un materialismo falto de cuentos e ilusiones. Es la tesis que sobre la historia nos ofrece Valderrama, una tesis en la que el horizonte (el encuadre, la proyección, la perspectiva) se deshace en la inmediatez de la imagen, de una manera no muy diferente a como se seca la lágrima en la figura. Sin lágrimas, el pensamiento deja de rasgar signos y criptas, así como se torna legible la piel de la historia cuando es abandonada por su esqueleto cronológico. Si ya no tenemos nada por lo que llorar, es porque tampoco hay nada preciso que aguardar, razón por la que quizá, como leemos en un pasaje decisivo de Coloquio, “se deba advertir en este predominio de la imagen por sobre el horizonte el índice no advertido de otro concepto de historicidad”.

Es un concepto que paga en desencantos el precio de haberse liberado de los augurios de la historia. Después se cierran los postigos, se marchan cabizbajos los heraldos y quedamos solos, en condiciones de ser felices o muy tristes por fin a nuestras anchas.