Columnas

Diario de un editor independiente (1): Ese libro que no llega

Guido Arroyo
Escritor y editor

Diario de un editor independiente(1):

Ese libro que no llega

Por Guido Arroyo

 

 

El momento del año más entretenido y complejo de mi oficio es el período donde debes estructurar el calendario de publicaciones. Como casi todo en este rubro: no existen recetas. Se trata de un boceto simple, donde se asocian títulos con meses, ojalá agregado algún concepto, el perfil de prensa que tendrá la publicación o posibles presentadores para el lanzamiento. Algunos colegas cumplen con rigor marcial esa hoja de ruta y otros, cuya ausencia de nervios envidio, solo agregan rótulos como: “novela de narrador emergente” o “libro que genere polémica” y van publicando sobre la marcha, poniendo en alto la frase de Calasso: un editor publica durante su vida el diez por ciento de los libros que quiere.

Mi estrategia en cambio, en todas las dimensiones vitales, es la obsesión. Por eso de un tiempo a esta parte procuro encerrarme cada año en una cabaña sureña sin internet, a leer y releer manuscritos sentado en una fría playa, bebiendo ingestas cantidades de té o consumiendo drogas blandas hasta definir el calendario de publicaciones. Pero las contingencias vitales de este año acortaron mi viaje y ahora mismo sigo en eso, leyendo decenas de libros a la espera de algún texto que sirva para terminar de cerrar los espacios meses en blanco. Y ese libro no llega.

Suelen suceder cosas ridículas en este periplo. Hace unos días almorzando con Pablo Sheng, un sujeto bello y talentoso, le pregunté si podía acceder a su novela que había obtenido un premio. Él con mucho cariño respondió que aquella novela se trataba de Sharapo, el notable libro que publicó bajo el sello Cuneta y que sencillamente lo había enviado con otro nombre. Quedé en merecido ridículo debido a mi precaria investigación, que solo se matizó con su empatía y la ausencia de cálculo que suelen tener los sujetos que visualizan en la escritura un espacio vital que trasciende la “carrera literaria”. Por contrapartida, existen otros escritores que realizan una práctica horrible: enviar un mismo manuscrito (a veces incluso con un texto planilla) a varios editores como una estrategia de histerizar al rubro entero. Pese a la bajeza de aquella estrategia, semejante a la de un operador político del duopolio enviando correos para conseguir financiamiento, suele funcionar y libros de dudosa calidad terminan en estanterías esperando lectores.

Aira decía que entre una brillante idea de trama y el resultado escrito existe un abismo oral. Uno puede tener la ocurrencia, por ejemplo, de escribir la novela testimonial del piloto que acompañaba el avión que arrojó la bomba de Hiroshima, pero si no existe la capacidad de contarlo en alguna mesa de bar y generar atención en el oyente, el resultado será nefasto y quizás esa sea la razón de por qué en este mundo digitalizado algunos pelotudos como yo sigamos insistiendo en la palabra impresa: cristalizar en un libro ese instante donde alguien narra una historia increíble, agregando detalles maniáticos y a ratos pudorosos y que tras ese momento aparezca un manuscrito que no defraude aquél momento, sino que lo extienda lo suficiente como para devenir en un libro impreso que siga generando ese efecto en los lectores.