Críticas

Dorothea Lasky en la playa

Macarena García Moggia
Columnista

Hace algunos meses, quizás tres, llevo el libro La poesía no es un proyecto de Dorothea Lasky en mi cartera. Me lo pasó Andrés Florit en la primavera, y ahora que es verano recién, entre fiesta y fiesta, pienso que tal vez, como le dije o quizá incluso le prometí esa vez a Florit, debería sentarme a escribir. Después de todo, puede que sea este el tiempo que mejor se aviene con este libro. Es un libro rosado, lleno de imágenes, y además termina invitando a todo el mundo a bailar. Eso dice en la última frase: “En lugar de conceder, hagamos una fiesta, poetas. E invitemos a todo el mundo a bailar”. No es un poema, ése, es la última de las prosas que el libro incluye y que lleva por título “Cómo y para qué escribimos”. La pregunta es enorme, pero el texto no, es corto, todos los textos que la antología incluye del libro Poetry is not a project, que Lasky publica el 2010, son cortitos, una página y media a lo más. Están escritos, además, como quien habla. Es teoría sobre la escritura pero una teoría contra la teoría. Teoría encarnada, como quien dice. Un modo de pensar en lo que se hace que no difiere de lo que se hace sino que se apega como un traje de baño al cuerpo húmedo que toma el sol en la playa. Así, como un bikini pequeño, tal vez, apenas lo necesario para cubrir con palabras esas partes del cuerpo que no las tienen. Para qué más, si total es verano. Y en el verano los cuerpos andan ligeros y semidesnudos. Y también se tocan más. Y también se olvidan, un poco, de sí mismos. Porque si hay algo cierto es que el verano no es tiempo para proyectos. Raro sería que en la horizontalidad de una playa haya quien dibuje sobre la arena los lineamientos de un cronograma. Aunque de todo hay. Lo que con seguridad se encuentran son conchitas, “Esas pequeñas nadas las recolecto / Todo el santo día”, escribe Lasky en un poema, “Son señales de un consuelo posible / Que suavice los bordes dentados / De esta viajera preocupada”, y añade: “Eso es lo que los poemas deberían hacer”. El poema se llama así: Lo que los poemas deberían hacer, suavizar los borden dentados de la realidad, de esa realidad vertical con sus proyectos y preocupaciones, con sus pantallas y cuadros proyectivos. Con la palabra futuro. Las conchas en cambio, como los poemas, parecen objetos que no tienen que ver con el futuro. Tampoco con el pasado en realidad. Diría que pertenecen a otro tiempo. Un tiempo concreto, quizás, carnal, más próximo a la redondez de los cuerpos que a la circularidad abstracta de los relojes. Me gusta que para ir a la playa haya que sacarse el reloj. Me gusta que la arena los estropee, y también me gusta eso de tener que andar obligatoriamente descalzo. Hay gente que no lo soporta. Yo tampoco lo soporto mucho la verdad. Pero reconozco que es hermoso sentir la planta de los pies al contacto con la arena caliente. ¡Cuantas veces Dorothea Lasky repite la palabra hermoso en sus poemas! Es hermoso, sí, como cuando Lasky escribe que, al contrario de los proyectos, los poemas “vienen de la tierra y trabajan a través de la mente desde el suelo hacia arriba”. “Creo que los poemas son cosas vivas que crecen desde el suelo hacia el cerebro antes que cosas que el cerebro planta en la tierra”, dice después. De modo que, pensándolo bien, esta imagen de la arena viene al caso: como en ella no puede sembrarse ni cosecharse nada, como nada productivo permite hacer, se parece mucho más a lo inmaterial, a esa “otra realidad” de la que habla Lasky, o al infinito: “Sé como es / Flotar sin espacio // Un ser gelatinoso sin forma / Que deja de percibir el tiempo y el contexto // Que no desprecia lo material / Pero sabe que es una línea unidireccional // Y que el infinito es un conjunto de líneas que irradian / Y que sólo caminamos sin cesar alrededor // de esta”. Pienso en los niños que juegan en la arena. En los niños que aparecen en este libro y que son los que mejor saben subsistir en un terreno de incertidumbres como el terreno en el que existe la poesía. Pienso también en la crudeza de los rayos del sol. En un sol abrazador que ilumina todo demasiado, que apenas deja ver y que quema el cuerpo: “Quieto, un círculo tenebroso / Repleto y herido por circuitos dolorosos / De luz, los cables anaranjados y negros / Esa esfera compacta y amarilla que vemos derramarse / Está ahí quieta con la simpleza / De un guijarro amarillo / Ardiendo pero es sólido y simple / Apenas un círculo amarillo tan sólido y simple”… Qué hermoso poema es El estilo es la felicidad. Habla de la simpleza. De cómo incluso para explicar lo más vasto lo único que podemos decir es algo simple. Mirar hacia el suelo y hablar de las conchas, por ejemplo, o mirar al cielo y pensar en las nubes. Sobre eso escribe Cecilia Pavón, traductora de este libro y autora de otro hermoso libro publicado también por la editorial Overol. Pequeño recuento sobre mis faltas, se llama, y termina con un cuento, relato o lo que sea titulado “Diario de una observadora de nubes”. Allí, una mujer se dedica a mirar el cielo, las nubes que pasan por cielo, siempre cambiantes y siempre móviles, recostada en una playa como también yo imagino estar, ojalá pronto, y no saber nada de proyecto alguno. Y dejarme invitar por otros libros como estos. Y bailar.