Columnas

El retablo de las maravillas o como gusteis

Roberto Matamala
Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad Austral

En ciertos círculos de nuestro país —académicos y bibliotecológicos, para que vamos a estar con cosas, si el asunto no es masivo ni mucho menos— y en todo el mundo occidental, cuando menos, se han iniciado acciones destinadas a conmemorar el fallecimiento de Miguel de Cervantes y William Shakespeare, muertos en la misma fecha, pero no en el mismo día. El lector atento sabrá por qué; el curioso lo averiguará. Los ingleses vienen preparando las festividades hace ya un tiempo. Entre nosotros, los hispanohablantes, la cosa está bastante despelotada.

Hasta donde me alcanza la memoria nunca don Miguel usó esta palabra, pero estoy seguro que le sería cara a Sancho palabrero. Aun así, la ocasión se ha prestado para diversas acciones que van desde lecturas públicas a crónicas y otras reflexiones y de alguna manera ha hecho cierto ruido. Escribo desde Valdivia y, aprovechando la ventana descentralizadora, cuento que con la Compañía de Teatro Universitario Zotavento de la Universidad Austral de Chile realizamos básicamente dos acciones: la una, Valdivia lee el Quijote, en la que todos los jueves entre abril y junio de 2015, lectores voluntarios y variopintos leyeron, capítulo a capítulo, la II parte completa del magnífico libro, celebrando los 400 años de su primera edición; la segunda, el montaje de El Retablo de las Maravillas, ese entremés que es un Quijote esenciado (ya explico por qué).

Ambos genios se han estudiado hasta la saciedad. Las publicaciones más notables me han parecido aquellas que, no siendo rigurosamente académicas, muestran una relación muy cercana, casi visceral, íntima diría, entre comentaristas y autores. Por nombrar algunos casos, las confesiones de actores y actrices que se han visto enfrentados a los tremendos personajes del Bardo o escritores contemporáneos eligiendo su capítulo favorito de la magna obra cervantina.

En lo personal, me ha interesado profundamente —además— la lectura comparativa. Hay, en esta senda, una mayoría de miradas analógicas que van desde los románticos alemanes a Ortega y Gasset, Thomas Mann, Mark Van Doren (el casi obsesivo de las similitudes, y que a veces se pasa de rosca, creo, como aquella de los duetos Quijote-Sancho, Hamlet-Falstaff) hasta el infaltable Harold Bloom. Pareciera que se trata de armar la comedia de Menecmo y Sosicles, unos gemelos que, por una trama artificiosa, en un refrito que hace Plauto de un original griego, han sido separados de sus padres y criados en países escindidos por el mar y la guerra. Se quiere demostrar que, el español y el inglés, doblando la mano del destino, léase Canal de la Mancha y políticas imperialistas, tanto españolas como inglesas, por medio, hubiesen escrito lo mismo, pero en distinto idioma y género literario. 

Mi lectura comparativa no busca similitudes, sino que se basa en una gran y extrema diferencia entre ambos. William Shakespeare es un creador de mundos en que la humanidad toda se refleja con una intensidad metafísica en sus tragedias, dramas y comedias. En esa profunda mirada, generalmente cruel en el Ethos trágico y aniquilador, aunque también a veces compasiva por medio del humor delicado o burdo, vemos aparecer lo más oscuro y lo más luminoso de nosotros —nos y otros— mismos.Hugo, evidente admirador del Bardo define en su teoría sobre el drama1 que este “debe reflejar la idea cristiana del hombre compuesto de dos seres, una perecible, carnal, el otro inmortal, etéreo”; y que los géneros deben ser mezclados: “Separar los géneros, es iluminar arbitrariamente tal o cual aspecto, unirlos, es exprimir el hombre completo. El drama debe mezclar lo grotesco y lo sublime”2. Parece decir Hugo: Así escribió Shakespeare, el perfecto.

Y así deben escribir ustedes. Escribir mostrando al hombre —lo habría suscrito sin dudar si lo hubiese conocido— como un embutido de ángel y bestia. Nicanor dixit.

“El autor que supera a Yahvé”, Bloom. El demiurgo que saca personajes más personas que las personas de su mágico tintero. El que todo lo abarca, lo grande y lo pequeño, lo sublime y lo ridículo. Lear, digno de compasión y lágrimas, bajo la tormenta de un mundo precristiano y el patético Malvolio enamorado, de la duodécima noche, con sus ligas cruzadas sobre calzas amarillas. Julieta y Ofelia muertas de amor; Lady Macbeth y Volumnia mortales en el odio; la oratoria de Marco Antonio y el parlanchín clown enterrador; el inteligentísimo discurso metafísico de Hamlet y el razonado y ramplón parloteo de Polonio; los labios de Cleopatra y los idos labios de la calavera de Yorick; el entrañable Mercucio y el odioso Ricardo III. Todo parece indicar que los personajes de Shakespeare no “miman” a nadie de la naturaleza, sino que hay personas naturales que miman a los personajes de Shakespeare en una flagrante constatación del aforismo de Oscar Wilde: “La naturaleza imita al arte”.

 Shakespeare no duda de este mundo. Del otro sí: “To sleep, perchance to dream, ay there’s the rub…”, pero aún en el terrible sin sentido de Macbeth:

“Out, out, brief candle!

Life's but a walking shadow, a poor player

That struts and frets his hour upon the stage

And then is heard no more: it is a tale

Told by an idiot, full of sound and fury,

Signifying nothing”,

hay una definición de mundo real, un horrible mundo, pero un mundo preciso en su viaje hacia la nada.

Cervantes en cambio nos pone el mundo en duda. Todo el Quijote nos cuestiona lo real. Todo el Quijote no es más que una pregunta juguetona, la pregunta más hermosamente elaborada de todos los tiempos, una pregunta sin duda crucial.

Permítaseme un breve paréntesis. Decía antes que El Retablo de las Maravillas era un Quijote quintaesenciado. En el entremés, pieza breve cuyo destino era su representación entre obras mayores y que Cervantes jamás vio escenificado en vida, los habitantes de un pueblucho se ven enfrentados a “que ninguno podrá ver las cosas que en él (el retablo) se muestran, que tenga alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matrimonio”. Esto basta: el ser motejado de judío o de “hijo natural”, basta y sobra para que gobernador, alcaldes y regidores e hijas principales del pueblo estén dispuestos a ver y asombrarse y temblar y reaccionar ante las inexistentes figuras hechas solo de palabras: Sansón, un toro de cuernos como lezna, una manada de ratones, la lluvia de agua del río Jordán, leones rampantes y osos colmeneros y la misma Salomé ¿casualmente? confundida de nombre con su madre Herodías.

A esto lo llamamos en nuestros días, guiados por Berger y Luckmann, “construcción social de la realidad”. Si Cervantes fuera nuestro contemporáneo quizás habría escrito “La tele de las maravillas”. Retornando a la exposición central, he aquí la pregunta, aquella pregunta estremecedora, tanto como puede ser un verso de Hamlet (“To die, to sleep—no more”; “…death, the undiscovered country”). Y la pregunta en fin es: ¿Qué es el mundo? Porque para Cervantes el mundo vívido, el que se despliega ante nuestros ojos, al que decimos real, es fantasía, alucinación, engaño de encantadores. Hecho de figuras de humo, que no existen más que en nuestra mente ¿Son más reales los molinos que los gigantes? ¿Aldonza tiene más ser que Dulcinea? ¿Son corderos lanares o soldados cubiertos de hierro? Porque así como a nuestro caballero “le encajaron en el magín o la memoria toda esa máquina que nos ha contado”, en el decir de Sancho a la vera de la Cueva de Montecinos, así nos encajan en nuestro magín y memoria el modo de ser del mundo y nunca sabremos si es así efectivamente o una simple invención de encantadores que, en palabras de Lyotard, “nos hacen pagar nuestra eterna deuda con el sistema”. Porque encantados —nunca más propiamente dicho— vamos, con el acicate de los medios de información de masas, tras los inútiles bienes del consumo, a guisa de no ser motejados de diferentes, raros, anti sistémicos, alienados. Nada, nada de eso, apártese. Si quiere ser, sea consumidor. Compre el yelmo de Mambrino que es la bacía del barbero; compre reyes Marsilios y Melisendas por las muñecas articuladas de Maese Pedro, que tampoco es maese Pedro, sino el pillastre de Ginés de Pasamonte; gigantes Caraculiambros por molinos de viento; y, en fin, haga la última compra: la de El Ingenioso Cavallero don Qvixote de la Mancha por Alonso Quijano el Bueno. Porque finalmente, pareciera ser que lo único real son los encantadores.

En consecuencia, no se preocupe. No es culpa suya. Pasa que está encantado. Y le gusta vivir encantado. Si alguien le pregunta por qué compra aquello que no necesita, responda que es un Quijote moderno, que los encantadores le tienen cogido, que no quiere ser pobre, no quiere tener las mechas tiesas ni la piel oscura, que quiere usar ropa de marca, que no quiere tener a sus hijos en un liceo municipal, que no quiere andar en micro, que quiere consumir, consumir y consumir, porque está… encantado.

A lo mejor, en un acto singular e inédito, puede que algún personaje de Shakespeare lo desencante a punta de realidad. Y en el limbo de los poetas, compartiendo un buen vino, los dos genios rían de usted a mandíbula batiente.

Notas

1 La Théorie du drame. Le drame doit illustrer l'idée chrétienne de l'homme composé de deux être, l'un périssable, charnel, l'autre immortel, éthéré.

2 Séparer les genres, c'est isoler arbitrairement tel ou tel aspect, les unir, c'est exprimer l'homme tout entier. Le drame doit mêler le grotesque au sublime.