Críticas

FRACASADXS. Sobre Inflamadas de Retórica, escrituras promiscuas para una tecno- decolonialidad

Ivan Figueroa Taucán
Colectivo Lemebel

Una reflexión sobre el libro “Inflamadas de Retórica, escrituras promiscuas para una tecno–decolonialidad”, de Jorge Díaz y Johan Mijail.

 

Cuando vives en la frontera

la gente camina a través tuyo, el viento roba tu voz,

eres una burra, buey, un chivo expiatorio,

anunciadora de una nueva raza,

mitad y mitad –tanto mujer como hombre, ninguno–

un nuevo género (…)

Para sobrevivir en la Frontera

debes vivir sin fronteras

ser un cruce de caminos.

 

“Vivir en la Frontera”, Gloria Anzaldúa

 

Mutando de una generación a otra, el deseo de escapar de la realidad se ha incorporado de formas muy diferentes al ritmo frenético de producción de la cultura globalizadora, normalizando nuevas formas de existir de acuerdo a las comodidades otorgadas por los mecanismos que trabajan para el capital.

Las dos #tecnocholitas que escriben en “Inflamadas de Retórica, escrituras promiscuas para una tecno-decolonialidad” hablan desde un sitio resistente por destino y convicción, cuyo funcionamiento utópico se opone al futuro prometedor por el que los distintos sistemas nos instan a (re) producir. Esa es la dicotomía sobre la que se articula este libro: el ritmo del sistema coexistiendo con el caos que se le escapa. Dicen ellxs: “A esta idea de futuro reproductivo y heterosexual oponemos un momento del pasado, trayendo a escena fragmentos de cuerpos, resisten­cias y rebeldías sexuales. Es necesario —a veces— mirar reflexivamente hacia atrás para replantear la pregunta por el lugar que habitamos.”

Aquella pregunta se plantea una y otra vez, en cada capítulo. Y por suerte que lo hace. Pues, ¿cómo un libro lleno de construcciones intelectuales puede ser contra-académico y, a la vez, instalarse en un contexto activista que frecuenta el anti-intelectualismo?.

Jorge Díaz y Johan Mijail son dos activistas que se refugian en el lenguaje de lo que, a veces, llaman “artístico” desde donde deconstruyen la rigidez de la academia para embaucarse en la escritura de aquellos pliegues experienciales que no suelen ser traducidos a palabras, los que se quedan en aquel límite de la comprensión que tenemos el deber de derribar. Allí caben las infinitas relaciones entre fluidos, performance, goce, migraciones, encuentros furtivos y dietas.

La obstinación de las autoras se refleja en su inflamación. Inflamadas de metáforas, experiencias y autoeducación que no dudan en desplegarse en cada lugar posible de infectar. La tecnología abre muchas puertas y nos invita a modificar nuestras prácticas cotidianas de codificación de la información. Algunos textos incorporados en el libro inflamado, son profundos pero fugaces como un post en Facebook; otros, inquietos en el sofocante goce estético o calmados como un ensayo que no se escribe bajo la obligación académica. Reivindicando así lo multidimensional del mundo en el que nos encontramos, en el que la virtualidad se convirtió en una dimensión tan real y propensa a riesgos como lo corpóreo.

Hay un diagnóstico, sustentado en comunidad, de que faltan fluidos y proximidad en las relaciones afectivo-políticas, pensando siempre en un “yo” que sobrepasa al individuo pero no pretende abarcar una mayoría, sometiéndose a ciertas condiciones de existencia.

Una de ellas es la ciudad. La ciudad vincula a los individuos que la habitamos, nos transforma y se relaciona con nosotrxs dialécticamente. Así lo afirma la cita de Guadalupe Santa Cruzque da pie al primer capítulo de “Inflamadas de Retórica”, “La ciudad, el cuerpo, el dolor, la enfermedad”: “La ciudad es algo equidistante a los y las habitantes, a los proyectos urbanísticos y a los mapas. Me interesa lo inaprensible de ella. Yo la comparo con un cajón de velador, donde hay un orden que no es tuyo. Es un orden que es a pesar tuyo. En ese sentido la ciudad es una construcción en la que todos participamos, pero las marcas no son directas. La ciudad fagocita, expulsa, se alimenta, te transforma, le robas, ella te roba. Para mí la ciudad es, ante todo, una protagonista”.

Fueron varias las caminatas en las que me cuestioné qué decir en el lanzamiento de este libro, con el que me sentí tan implicadx. En esas caminatas, que frecuento desde que aprendí a librarme de mis padres por tramos largos de tiempo –a eso de los 13 años-, he conocido personas y rincones que solo se exponen para quienes salen a su encuentro, es decir, incorporé la noción de que la ciudad puede recorrerse de formas muy diferentes.

Con Alexis conocí el cruising en los parques, Manuel me mostró cómo sobrevivir con poco presupuesto y mucha azúcar de estación en estación, Gabriel se mantuvo en un extraño anonimato que conjugó con mi vida, Miguel me dio las herramientas para esconderme entre las masas que hoy tanto me pesan, a Carlos nunca le importó dónde nos encontrábamos (siempre había una chela y besos que intercambiar en los suburbios de su monogamia heterosexual), y también está Ignacio –esa cola preciosa a la que tan poco alcancé a conocer-. Ella me recordó algo que conocí cuando todavía ni pensaba en consumir tabaco: las colillas de cigarrillos en el suelo trazan un panorama urbano especial para recorrer a medianoche, cuando ya ni ganas quedan para ir a recuperar especies o pedirle a alguien en la calle.

Las colillas de Vitacura son distintas a las de Puente Alto; la cantidad de colillas acumuladas en un paradero de Santiago Centro son más deseables que los filtros aplastados de los parques. Un paradero puede ser una zona de encuentro y de recoger colillas, de ahorro y conexión a la medianoche.

Me toma del brazo y me lleva a un paradero, se agacha y recoge una colilla larga; tan larga que apenas se le podría llamar colilla. Saca un encendedor y la prende. Fumamos. Ese fumar restos ajenos es un ejercicio de memoria. Una memoria que no se queda en la nostalgia por aquel que habitó nuestro sitio antes, sino que ese ayer constituye una pieza de nuestro presente, una fuente de placer, identidad y perversión del futuro.

“La transformación social no será escrita en línea recta”, “Contra la línea recta”. Con estos dos enunciados las autoras nos recuerdan, en un ejercicio de memoria –cual calada a un cigarrillo encontrado-, que los feminismos desdogmatizan el tiempo, desconfiando del antes y el después como estructuras independientes. El camino está en mirar todos los nudos que en ellas existen, descifrando el lenguaje que las pueda transmitir y transformar.

Los cuerpos marikas y migrantes somos molestos en cuanto deformamos el funcionamiento de la línea recta. Por ello, todos los cuerpos trans (transnacionales, transfronterizos, transitorios, transcorpóreos, transgéneros, trans-nochados) recolectan bitácoras de viaje que son importantes de colectivizar. Johan Mijail aborda la migración desde una perspectiva sudaca y sodomita; mientras Jorge Díaz nos invita a recorrer un pensar que ronda entre el microscopio, la vida improductiva y una comunidad disidente que, no me cabe duda, estuvo implicada en la gestación del libro que hoy presentamos.

Veo en estas escrituras promiscuas un relato colectivo que se identifica en el margen. Y me hace sentido, ya que, al igual que como lo hacemos con lxs compañerxs secundarixs, el lugar de enunciación tiene el desafío de ser tan personal como transversal a las diferentes realidades que con él se ven relacionadas. Los cuerpos, géneros, clases sociales, motivaciones, y todo lo que tenga que ver con la vida afectivo-política y las consecuencias de lo que solemos llamar “sistemas de dominación”, no pueden ser obviadas. No puedenpor limitación, dado que nuestras propias cuerpas buscan la indeterminación y la extinción de lo binario, perdiendo en el camino nuestro aquí permanente; pero tampoco pueden obviarse por lo férreo de nuestras convicciones, por lo fácil que sería dejar la “x” de lado y volver a pensar que los representantes representan.

En consecuencia, la escritura colectiva-migrante-promiscua es también una escritura trans. De muchos cuerpos, de muchos viajes, de muchos errores. ¿Escribe Jorge o escribe Johan? ¿Serán otrxs lxs que escriben? ¿Cuántxs desviadxs cabemos en esas palabras?

La heterosexualidad nos ha hecho creer que los espacios de política son cerrados, impersonales y burocráticos. El colegio es un buen ejemplo, pero qué fome. Prefiero recordar la semana pasada. Con Vitalia –del Colectivo Lemebel-, Cristeva –de la CUDS-, Jeshu –de Amnistía Internacional Chile- y María – de Amnistía Internacional Argentina- viajamos a Concepción a apoyar las dos primeras acciones públicas de ESLEI (las siglas de Educación Sexual Laica e Integral), una nueva organización secundaria de tortas penquistas. Nos dieron lecciones de dureza. Su primera intervención fue en los Tribunales de Justicia. Mientras ellas realizaban su performance, nosotrxs repartíamos su fanzine a cambio de aportes voluntarios y aprovechábamos de conversar con las personas. Había quienes se ofendían, por la poca seriedad al presentar nuestras demandas. Para ellxs, la poca seriedad estaba en que nuestras cuerpas estaban travestidas con uniformes escolares mientras las ESLEI hacían performance en la calle, en lugar de un espacio cerrado. Nosotrxs somos escandalosxs y rabiosxs. Para el macho frívolo, poco serixs.

Su segunda intervención fue en los pastos de la Universidad de Concepción, entre estudiantes borrachxs un viernes por la tarde. Cada grupo debía escoger entre dos láminas negras. Una escondía un pene, y la otra una vagina –con vellos púbicos y espacios para rotular sus partes-. La idea era ver qué tanto recordamos de lo que alguna vez nos enseñaron sobre sexualidad. O, mejor dicho, reproducción. Entre los pitos y las chelas, casi todxs lxs cabrxs prendían. También había una familia, con un niño que rondaba los 7 años. Solo la madre tomó la iniciativa de participar de la acción. Cuando habían pasado unos segundos, el padre del niño dice ofendido: “Suficiente. Está mi hijo”. Acto seguido, se para junto al niño y se alejan, dejando a la señora sola con el plumón en mano rotulando las partes de un pene. Ella se implicó un montón, se llevó un fanzine y dio un aporte voluntario (el registro de esto está en el Facebook de Yo Disfruto).

Cuando la política se mezcla con el cuerpo, se arma un escándalo. Cuando la política y el cuerpo se presentan como poesía, quedan to’as negras. Pero la dureza no se extingue, pues hemos visto que las nuevas generaciones activistas son atrevidas y poéticas. A propósito o no tanto.

En ese contexto releí “Hablas menores”, un texto que nos advierte que “siempre hay un riesgo inevitable en aquellos que apuestan por leerse en espacios donde la política involucra a la poesía”.

Concibiendo el tiempo como un sinfín de nudos, me pregunto cómo nos relacionamos las nuevas generaciones activistas con quienes nos preceden, desde dónde surge aquella inquietud. ¿La supervivencia? ¿El mantenerse contingente? ¿Aliar las fuerzas político-sexuales que tan separadas han estado por mucho tiempo? No es un misterio que lxs cabrxs chicxs compartimos espacios con piezas de museo.

Solo me planteo esas interrogantes. No tengo respuestas claras ni me interesa tenerlas. Pero, si en esta maraña temporal me veo obligadx a mirar hacia el futuro, mi utopía sería seguir enredándonos. Construir entre todxs, y desde el desacuerdo, un nuevo fracaso.