Columnas

Imágenes paganas (12): El Lenguaje de los nudos

David Bustos
poeta y guionista

En la costa, las olas contienen un sortilegio que, al observar detenidamente, son nudos cargados por el flujo de corrientes marinas que se desatan y atan, una y otra vez, hasta llegar disipadas e inofensivas. El rizo de las olas contiene un secreto lenguaje, que aunque creemos repetitivo siempre es distinto en su intensidad. Como dice la poeta Blanca Varela, “lentos círculos, infinitas islas en un mar interior que giran sin pérdida ni ganancia”.

 

El nudo también es una medida de velocidad creada en el siglo XVI. Consistía en una placa de madera con forma de arco, que llevaba en uno de sus extremos un peso que la hacía flotar en posición vertical, amarrada a una cuerda larga y fina con nudos equidistantes. Entonces, por medio de un reloj de arena, el marinero lanzaba la “corredera” y se medía la velocidad del barco. En el mundo de la navegación, no sólo los nudos de la mencionada fórmula de medida existen, si no que además un sin número de técnicas de amarre.

 

El antropólogo escoses James Frazer aseguraba que en distintas partes del mundo habían ciertas resistencias a los nudos, por ejemplo en situaciones especiales como los matrimonios, nacimientos y muertes. En los nacimientos, se creía que el nudo podía retardar el parto, creando un obstáculo en el cuerpo de la madre. En Bangladesh, casi en la frontera con Birmania, en el puerto de Chittagong, existe la tradición de que cuando una mujer no puede parir, la partera ordena abrir por completo todas las puertas y ventanas, se descorchen las botellas y se desaten las vacas del establo. Se da la orden, en estos casos críticos, de libertad general no sólo a los animales, sino que también a los objetos inanimados. Existe la creencia de que este método es infalible para propiciar el parto.

 

Dentro de la historia de los nudos, hay un aspecto maléfico que se manifiesta en enfermedades y toda clase de desgracias. En el Corán hay una alusión a estos males cuando “se sopla en los nudos”. Este pasaje refiere a las mujeres que practican la magia haciendo nudos de cuerda y después se escupe y sopla sobre ellos. Aunque muchas veces se dice también que para deshacer un nudo hay que soplarlo, la imagen de “soplar un nudo” es enigmática en su ambivalencia, un truco de mago que seguramente esconde serias motivaciones. Incluso en las Églogas de Virgilio se alude a la hechicera que, para vencer y atraer a su amado, mediante conjuros, se anudan tres veces tres cordones de diferentes colores.

 

Recuerdo que de niño, cuando en el barrio detectábamos a un perro que estaba por defecar, anudábamos nuestros meniques, impidiendo de esta forma que el perro pudiese hacer sus necesidades. También cuando hacíamos promesas y no deseábamos cumplirlas, de manera oculta, cruzábamos nerviosamente los dedos.

 

Esta situación de amarre o entrecruzamiento puede ser una salvación para un escalador en aprietos, en lo alto de una cumbre, como puede ser un trágico destino para un ahorcado. Nudos que salvan o que asesinan, nudos como señales de ruta, nudos nerviosos en la espalda, nudos que se desatan con un soplido en pleno acto de magia o nudos que aseguran nuestro calzado.

 

Es habitual atarse por las mañanas los cordones de los zapatos antes de salir de casa y el tono de eminente tragedia cuando le advertimos a alguien –sobre todo a un niño–

que lleva los cordones desatados. Cuando mi hija aprendió a atarse los cordones de las zapatillas, sentí de alguna forma que habíamos entrado a una nueva etapa, y que se podría dividir su niñez entre antes de saber atarse los cordones y después.

 

Otro nudo conocido e indescifrable es el nudo borromeo: construido con tres aros, al separarse cualquier de ellos se liberan los otros dos. El psicoanalista Jacques Lacan lo ocupa para graficar la estructura del registro del ser hablante, idea que extrajo de la famosa Teoría de los nudos.

Además, está el nudo gordiano, conocido por su intratable e inexpugnable atadura y llamado así por Gordio, un modesto campesino de Frigia que, gracias al oráculo, llegó a ser rey. Gordio levantó un templo dedicado a Zeus y ató su carro con un nudo en que las hebras estaban escondidas de modo que nadie podía desatarlo, creciendo la leyenda de que el primero en hacerlo conquistaría Asia por completo. Alejandro Magno, en su conquista por Persia, llega hasta el templo y, animado por la leyenda, sacó su espada y lo cortó con un solo movimiento. Cuestión que me parece es hacer trampa, tomar el camino más corto, dar muestra alarmante de poca paciencia. Sin embargo, admito que en esta historia de Alejandro Magno debe existir un buen número de managment que defienden las soluciones inesperadas y la fuerza creativa de la espada. El sex appeal del conquistador y su melena al viento.

En el colegio, cuando no entendíamos algo, decíamos que teníamos un nudo en la cabeza, sobretodo cuando se trataba de matemáticas. Otro nudo con el que tuve que lidiar en esa época fue el nudo de la corbata, más bien lo hacía a principios de año y luego permanecía ahí inalterable, apretándose y ennegreciéndose hasta fin de año como un verdadero nudo gordeano. Quizás por eso admiro en secreto a la gente que sabe hacer nudos, sea cuál sea el nudo que haga: el nudo para un flete cuando se desea transportar algo, el de una carpa cuando se sale de camping o incluso hasta el nudo para envolver un papel de regalo. Cada vez que veo a alguien hacer un nudo, pienso en su indudable superioridad y lamento no haber aprendido a tiempo.

 

Aparte del nudo de los zapatos, el único que he sabido dominar a cabalidad y que ha significado el halago de los observadores, es el que se hace para los tirantes de los volantines. Hasta hoy puedo hacerlos sin problemas, como si tratara de una lección imborrable de la experiencia.

 

Algunos de los expertos en esto del lenguaje de los nudos son la poeta Cecilia Vicuña y el poeta peruano Jorge Eduardo Eielson. En este último, el nudo ha funcionado como emblema, porque envuelve muchas cuestiones bajo la fragilidad del lenguaje, siendo una tensión anudada de la forma. José Ignacio Padilla ha comentado acerca de Eielson que los nudos parecen estar callados, parecen no comunicar otra cosa que su contundente materialidad.

 

Pienso en el nudo como una articulación entre un material semejante o contrario que mantiene una estructura y al mismo momento la tensa. Lo pienso también como elemento cotidiano del habla, como cuando decimos que tenemos un nudo en la garganta y sabemos lo que significa, pero al mismo tiempo ignoramos el origen enigmático de ese entramado de la experiencia popular.

 

Pensaba asimismo en el magnetismo de las olas del mar como nudos, como una trama que conocemos e ignoramos al mismo tiempo. Allí se concentra, por un lado, la retención y lo indescifrable y, por otro, la liberación y lo distendido. Quizás por eso antiguamente cuando alguien fallecía se evitaba todo tipo de amarres y anillos, para que el alma del difunto no quedase atada a su cuerpo.

 

Si vivir, según se ha dicho, es como aprender a tocar un instrumento de cuerda, de nosotros depende que no desafinemos, y si esto ocurre hay que tener el temperamento y el oído para volver a armonizar los nudos de esa frecuencia vibratoria. Obviamente existe la posibilidad de cortarlos como Alejandro Magno, pero sospecho que con ese decisivo gesto irremediablemente nos quedaremos sin ninguna melodía.