Columnas

Imágenes paganas (13): Perder la cabeza

David Bustos
poeta y guionista

En un año más, asistiremos entonces a la reparación de una decapitación. Esta vez no será como en la época de la Revolución Francesa y tampoco un experimento vanguardista de un ruso como Serguei Brukhonenko. Más bien se trata de salvar una vida, la de Valery Spiridonov, que está dispuesto a tomar el riesgo.

“Soy Connor Macleud, del clan Macleud, nací en 1518 en la aldea de Gletina a las orillas del lago Seal, y soy inmortal”.

Highlander, película de Russel Mucahy, fue estrenada a finales de los 80’. Básicamente consiste en un grupo de privilegiados, pocos en el mundo, que tienen la particularidad de ser inmortales. Así nuestro protagonista, encarnado por el actor Christopher Lambert, vive a través de los siglos.

La narración es intercalada con analepsis de épocas remotas, donde se va desgranando el choclo y el círculo de los inmortales se estrecha poco a poco, hasta la batalla final, donde quedará un solo inmortal ¿Quién?. Obviamente Macleud, que decapita a su archienemigo.

La particularidad de estos inmortales, aparte de portar en las situaciones más inusuales una gran espada entre sus ropas, es que su única manera de morir realmente es por medio de la decapitación. La banda sonora de este film ochentero es la banda Queen, con su disco, Kind of magic, que le da su toque glam a la épica de la narración. Pero salgamos de la estética ochentera y entremos en la escabrosa historia.

En 1738 nace en Francia Joseph Ignace Guillotin, médico elegido diputado por el Tercer Estado en 1789, que tomó parte en la redacción de la Declaración de los Derechos del Hombre pese a ser el inventor de la famosa guillotina. Aunque en rigor no fue el inventor. Más bien Guillotin tuvo la brillante idea, tras ver cómo la decapitación de los reos de la época era dolorosa y agónica, de modificar el aparato por uno que tuviera la particularidad de ser cien por ciento eficiente y evitar, de esta manera, los terribles “dolores de cabeza” que hasta ese momento significaban las ejecuciones. 

En París, entre 1793-1794, la Guillotina se transformó en un verdadero ícono pop. Probablemente Connor Macleud, evitó vivir en aquella ciudad, ya que su inmortalidad hubiera durado poco y nada. Se trataba  de un espectáculo familiar, con hijos en los hombros y viejas sin dientes, que asistían a numerosas ejecuciones atraídos por una especie de catarsis colectiva en la sociedad parisina. El productor de estos recitales hevy metal fue Robespierre y asociados, conglomerado radical que estaba en su máximo punto de poder y popularidad en pleno “Reino del Terror”.

Perder la cabeza, hacerla rodar por las tablas del escenario, presenciar la división del cuerpo con excesiva exactitud. Robespierre, uno de los máximos ejecutores de este festival gore, finalmente terminaría bajo la guillotina al igual que un gran número de partidarios del gobierno democrático. Dos siglos antes le había tocado el turno a Ana Bolena en Inglaterra, y así la lista corre y llega hasta nuestros tiempos, con las bulladas y escalofriantes ejecuciones en medio oriente.

Un caso peculiar es el médico ruso Sergei Brukhonenko. En 1939, el Instituto de Fisiología Experimental y Terapia de la Unión Soviética comenzó con una serie de experimentos alentados por el régimen de Stalin. Brukhonenko se impuso la tarea de reanimar organismos sin vida. Primero fue el turno de un corazón y después derivó a una de sus preferencias: los perros.

Con peculiares artefactos de circulación de la sangre y oxígeno, decapitó a un perro y logró tener su cabeza con vida durante varias horas, sometiéndola a estímulos visuales y auditivos, comprobando un grado mínimo de independencia. De esta manera, Sergei demostraba su capacidad vanguardista en el aspecto de división de órganos. Al ver este material fílmico con detenimiento, se aprecia una atmosfera morbosa en las imágenes, una estética a lo Tim Burton en cuanto al choque entre lo imaginario y lo real. El blanco y negro y su lúgubre contexto escénico me recuerda a la serie Los Locos Adams, especialmente a “dedos”, la mano con vida propia que siempre está atenta a encender puros.

Pero volvamos a nuestro genio ruso. Dentro de su bestiario, tenemos por ejemplo a un perro con dos cabezas que fue exhibido en público y que significó el halago y la notoriedad de Brukhonenko, llegando a ser noticia en el New York Times. Años después, Serguei continuaría con sus trabajos, pero ya más dedicado a intervenciones de corazón abierto, siendo premiado póstumamente con el Premio Lenin.

Sergei Brukhonenko es la génesis de la noticia del momento y que ha pasado sin pena ni gloria: el primer trasplante de cabeza de la historia. Cuando relaté la noticia a unos amigos poetas, estallaron en risas como si todo me lo hubiera inventado. Suena, de cierta forma, como si fuera una joda.

Pero no es joda. Se trata nuevamente de un ruso, Valery Spiridonov, de 31 años, que sufre de atrofia Werdnig-Hoffmann, una enfermedad hereditaria que destruye poco a poco las neuronas motoras, como las células nerviosas en el tallo cerebral y la médula espinal que controlan la actividad muscular voluntaria. Valery vive en una silla de ruedas plagada de botones, apenas puede hablar, y sus piernas le cuelgan sin vida. Respira con alguna dificultad, sus brazos y tórax prácticamente se han inmovilizado. Esta atrofia es progresiva y termina inevitablemente en la muerte.

Spiridonov, fanático de la ciencia ficción e ingeniero de profesión, ha sido escogido como el primero de la lista en someterse a una operación experimental de trasplante de cabeza.

Para la navidad del 2017 esta programada la bullada operación y será en manos de Sergio Canavero, autodenominado el doctor Frankenstein. Ex neurocirujano del hospital turinés Molinette y hoy profesor honoris causa de la Universidad Harbin en China, con una trayectoria de 30 años, ha llevado a cabo esta operación antes, pero sólo en monos. Con su equipo de especialistas conectaron el suministro de sangre entre la cabeza del mono y el nuevo cuerpo, pero no intentaron conectar la médula espinal, que es, hasta el momento, la parte más peliaguda de la operación, considerada imposible por muchos investigadores. Sin embargo Canavero está convencido de que esto es posible y será Valery Spirinov el primero en comprobarlo.

Vamos al detalle de la intervención quirúrgica: se hace un corte a la médula a la altura de la quinta vértebra cervical, Canavero explica que la persona podría seguir respirando aunque quedaría paralizada de las cuatro extremidades y apenas tendría control sobre sus funciones físicas voluntarias. Sin embargo, señala haber encontrado la solución. Elcorte es limpio –dice– las células nerviosas no se atrofian inmediatamente y en teoría cabe la posibilidad de repararlas con un pegamento adecuado llamado “polietilenglicol”. Este pegamento no es una sustancia recién descubierta; la fórmula química se encuentra en pomadas, cremas solares, barras de labios y laxantes. Y tiene la capacidad de hacer que la membrana que cubre las células del cuerpo se vuelva más permeable y de esa manera fusionar dos células en una sola unidad.

Si se colocan las fibras cortadas de la médula espinal como si fuesen dos haces de espaguetis, uno a continuación del otro, el pegamento puede unir sus extremos como si se pegaran los espaguetis con una cola extrafuerte. Sergio Canavero lo describe de la siguiente manera: “Cortas los espaguetis, echas unas gotas y ¡bum!”.

En un año más, asistiremos entonces a la reparación de una decapitación. Esta vez no será como en la época de la Revolución Francesa y tampoco un experimento vanguardista de un ruso como Serguei Brukhonenko. Más bien se trata de salvar una vida, la de Valery Spiridonov, que está dispuesto a tomar el riesgo. 

Detrás del tono de ciencia ficción que puede adquirir esta noticia científica hay una apuesta, la entrada a un camino que de salir todo bien, puede ser el comienzo a una nueva era en que la medicina ayude a mucha gente que hoy está en estado vegetativo, e incluso se de una vuelta de tuerca a personas que nacen con el cerebro de un sexo y el cuerpo de otro. Vaya uno a saber.