Columnas

Imágenes paganas (14): ESCRITO A MANO

David Bustos
poeta y guionista

Durante un tiempo creí que la letra de una persona era, como el pulso interior, una forma íntima de clasificación. Una estantería en que podía acomodar personalidades y divertirme haciendo dobles lecturas. La gente no puede domesticar su pulso interior y las letras son una radiografía de aquello.

Manchar con letras una superficie. Deslizarse por una pista de hielo con el vaho del frío inquieto y tomar el lápiz, como si fuera la primera vez, como si fuera una lanza y en la espesura ir de caza y luego volver al hogar con comida que se cocinará a fuego lento.

 

Todo depende de cómo tomes el lápiz, me dijo alguien. Envolverlo implica una declaración. Varias veces me sorprendí viendo escribir a alguien tomando el lápiz como si se tratara de un puñal, o enredando la lapicera entre anular y el dedo del medio. Los zurdos parece que tuvieran una relación distinta con la escritura que los diestros, como si cada palabra escrita para un zurdo fuera original y los diestros sólo imitaran ese grado de verdad.

 

Aún hay escritores que escriben a mano. Siempre alguna vez en el año, alguien hace la pregunta si uno escribe a mano o directamente en el computador. En la respuesta da la sensación de que se juega algo. Como si escribir en la computadora fuera una simulación y en la escritura a mano, en cambio, se alojaran cualidades puras y más reales.

 

Recuerdo haber leído en los Diarios del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, lo mucho que le había costado escribir una novela en pleno invierno alemán. Tras los avatares y penurias, afirmaba, al terminar de escribirla venía la parte más complicada: pasar todo lo escrito a mano, a la máquina de escribir. Algo acaso más complejo que escribir la novela misma.

 

En alguna presentación de libro recuerdo haber estado con la poeta Elvira Hernández y observar que todo lo que decía en la presentación estaba escrito en un cuaderno. Luego de algunas consultas, afirmó que tenía maletas completas de cuadernos. Me quedé pensando en lo peculiar de que un escritor sólo escriba a mano, hoy ya en el año 2017. Hace cien años atrás seguramente era casi la única forma de escribir, en cambio hoy…

 

La escritura a mano está ligada a lo íntimo, un espacio personal e impenetrable. Como la escritura de diario, donde el vínculo es tan estrecho que cuesta distinguir entre la extensión de la mano y el texto.

 

La poeta Damaris Calderón me dijo en una ocasión que la escritura para ella era la extensión de su cuerpo, un brote, una hoja, una flor o rama imaginé cuando me lo decía.

 

La escritura a mano es lo primero que tenemos, nuestra primera relación amorosa con las ideas y las palabras escritas. Se moviliza toda una memoria emocional, por ejemplo los famosos dictados del colegio en que el profesor hablaba sin parar y uno debía aplicar una velocidad insólita para no perder el hilo del apunte. Así, en estas instancias, las letras se fueron modificando, deformándose en la trama de la velocidad. Aunque aún es posible encontrar a alguien con linda letra, lo que aumenta la estima por esa persona, como si esa letra despojada de deformaciones sintonizara con la caligrafía y fuera el reflejo de su alma. Así uno se enamoró de algunas compañeras del colegio, cuando pedíamos el cuaderno para ponernos al día y comprobábamos que esa letra, que la gracia de su caligrafía evidentemente era parte sustancial de ella, y que gracias a su letra habíamos podido acceder a ese jardín secreto.

 

Quizás por eso nunca me gustaron los médicos, por su letras, por su displicencia ante la palabra escrita. “Leer una receta es una aventura peligrosa”, me dijo una vez mi hermano, que durante algunos años tuvo una farmacia. Lo extraño es que pese a su molestia ante las indescifrables recetas, mi hermano poco a poco fue convirtiendo su letra en algo similar a las recetas. Tal vez se trata de un estilo aparentemente intraducible, pero que una vez dentro de la zoología de las letras, puede distinguirse hasta con claridad y certeza.

 

Durante un tiempo creí que la letra de una persona era, como el pulso interior, una forma íntima de clasificación. Una estantería en que podía acomodar personalidades y divertirme haciendo dobles lecturas. La gente no puede domesticar su pulso interior y las letras son una radiografía de aquello. Entonces, cuando las letras de alguien eran pequeñas, yo pensaba en los grandes problemas de autoestima de esa persona, y a la inversa funcionaba de la misma manera. Por eso que los médicos representaban personas turbias, intrincadas, cosa de ver sus recetas para comprender lo poco confiable que son, pensaba.

 

Zambra decía, en alguna parte, que fuimos la última generación en escribir cartas. Por ello tal vez que escribir a lápiz es algo serio, la última estación de una comunicación confiable, una conversación personal, más honesta, si se quiere, un encuentro sin preámbulos. Pero habría que pensar detenidamente si escribir un libro a mano es un certificado de legitimidad. Tengo un amigo escritor, aún inédito, que ha escrito tres novelas a mano. Me contaba que le había ayudado mucho tener que pasar las novelas al computador, que en ese proceso, de alguna manera, su escritura había madurado. He leído al menos dos de sus tres novelas y me parecen muy buenas. Pero lo que más me sorprende es que pasan los años y mi amigo aún no publica ninguno de sus tres manuscritos. Y cada vez que le pregunto por ellas, él le resta importancia al asunto, como si al pasarlas al computador esas novelas ya hubiesen sido publicadas.

 

Sin duda escribir tecleando un computador, donde se habla de caracteres y no de letras, está ligado a lo socialmente comprensible. Todas las letras son iguales, lo que interesa son otras pulsiones que juguetean en la escritura misma. Uno ya no puede dedicarse a verificar si el punto de la i está muy arriba, si se extravió en el envión anímico del lápiz. La aventura de las mayúsculas y sus curiosas curvaturas. El dolor de cabeza de distinguir la m de la n y si le sumamos la u, podemos terminar tartamudeando en la lectura.

 

En el computador uno sale editado y hasta puede incluso jugar aún más con esa edición, un golpe vitamínico para la poesía que se beneficia con estos mecanismos: la elipsis, el corte de verso o lo espacios en blanco. En cambio escribir a mano tiene algo de definitivo, borrar una palabra en una carta, por ejemplo, es un acto de valentía y riesgo.

 

Leer y escribir a mano, en definitiva, es como volver al barrio de la infancia. Una suma no menor de códigos que supimos incorporar con naturalidad, alegría y desesperación. Volver a la caligrafía deformada por los años es lo más parecido a una reunión con viejos amigos que nos han acompañado en silencio y que han sabido esperar. Una conversación en penumbras donde sólo se escucha la voz interior.

Oír en el silencio de la noche el lápiz surcar la hoja en blanco, acostumbrarse a ese sonido. De eso se trata. Creo.