Críticas

La dictadura de lo cool: La herejía de pegarle al oso

Andrés Pereira Covarrubias
Columnista

 

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"Porque la realidad ya es demasiada cruel y desproporcionada para que el hecho de verla a ella enterrándose agujas en sus tetas o dándose golpes contra la pared de una galería de arte  ¡nos conmocione!" (Extracto de la obra)

 

Casi va una década ya desde que irrumpían en la escena local agarrando a batazos a alguien disfrazado de oso panda. Era la inauguración de una poética con su ópera prima, Operación Deyse (rebautizada Simulacro). Doscientos golpes, como el bicentenario republicano que pasó, le daban a un disfrazado de oso que luego con pistolas en manos ilustraría el logo de la compañía de teatro no por casualidad llamada La Re-Sentida. Después de cuatro montajes, el oso insiste en un último trabajo estrenado en junio durante unos días y luego de una gira por el extranjero vuelve ahora al agitado festival Santiago a Mil 2017. 

La dictadura de lo cool es la nueva propuesta escénica de la compañía, que alucina la celebración íntima de un flamante y delirante ministro de cultura, quien la noche de un 1º de mayo decide darle la espalda a su jetsético círculo de amigos ansiosos de poder y componer su gabinete con personas del “pueblo” chileno, para transformarlas en los verdaderos protagonistas de la vida cultural del país. Una ficción que se propone en forma de “puesta en abismo”, como construcción dentro de otra ficción, una otra que colinda e ironiza porosamente con la realidad del propio colectivo, fabulando a actores y actrices progresistas, “muy cool”, que interpretan a los personajes de la historia.

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Quien ha seguido la trayectoria del grupo podría notar sin mucho esfuerzo la persistencia de algunos elementos –como el oso, las referencias a temas de agenda mediática, la contaminación de imaginarios de izquierda, del mundo artístico-intelectual, la cultura pop, el cinismo exacerbado, entre otros–, pero también la vuelta sobre tópicos y procedimientos teatrales relativos a la relación entre arte y política, teatro y política, la representación y lo político. Recursos y elaboraciones estructurales que, siempre operando en estrecha relación con la contingencia social –más convulsa a partir de la década en la que emergen como compañía–, retornan sin esperar complacer las expectativas automatizadas de “lo nuevo” de un consumidor teatral incrustado en la dinámica del mundillo, que no tiene tiempo para interrogarse por aquellas fijaciones, reiteraciones, patrones, más allá de juicios de valor. Aquel que rehúye de encarar sus sueños que retornan en esta serie de pesadillas escénicas, de pensar lo que ocurre con el teatro como acontecimiento de la cultura, como síntoma de un malestar. Zona de intensidad simbólico-social más amplia y densa que las tramas de circuito y del mercado cultural, que las intenciones de un director y su voluntad de comunicar; que cuestiones de egos, proyecto creador, discursos, capital simbólico, producción de valor: commodities para nutrir la maquinara.

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Se trata de procedimientos cuya insistencia acá no llega a significar un agotamiento recursivo o simple repetición –como pensara la escasa recepción crítica que tuvo esta obra– , ni cerca, pienso que con mayor o menor acierto a través de las diferentes puestas, éstos han ido haciendo emerger con claridad obsesiones que crecen, se complejizan y expresan una búsqueda rigurosa, una estrategia de resistencia y sobrevivencia. De resistencia intelectual-experimental y de sobrevivencia creativa en el campo. Pero más allá de los procedimientos concretos –que ojalá no decantaran en método y permanecieran en la intensidad abierta de las estrategias– ha sido la experimentación sensible sobre la encrucijada del teatro y su política de la representación (lejos de la política como contenido, denuncia o discurso que se articularía desde un dudosamente iluminado espacio del arte), lo que en definitiva hace a la consistencia de sus trabajos. En esto ha radicado el “apalear al oso” como trayecto poético. Darle con un bate no a los límites de la representación teatral para que diga una verdad importante sino a la representación misma como verdad-límite, como verdad-traición, como verdad-disfraz de algo o alguien, un irrepresentable que no puede entrar en la escena si no es figurando bajo un aparataje patético y exacerbado.

En el caso particular de la obra, la experimentación aparece como decantación de procesos que dicen relación con esta poética, la búsqueda formal para encarar los materiales afectivos y para comprender la construcción de lenguaje escénico. Lenguaje que en todo caso –y esto es lo que probablemente irrita– ha explorado una persistente fuga de su agotada función comunicativa y simbólica. Vale decir, un lenguaje que deviene expresivo en sí mismo y se resiste a cumplir una función instrumental y hacer de canal de signos, no representa nada ni menos sirve de medio relativamente transparente de algún “mensaje”, opinión o algo para ser descifrado o interpretado y transformado en valor intercambiable; allí, a pesar de muchxs, no hay nada cifrado, no yacen ni las eventuales contradicciones punk del director ni las posibles intenciones cool de una compañía re-sentida. En este lenguaje solo acontece una materialidad intensiva que interviene violentamente, como un coágulo de resentimiento afectivo imposible de simbolizar –por caso, el alguien dentro del oso–, que interviene, digo, la imaginación política de una época.

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¿De qué modo? Precisamente mediante el gesto de “pisarse la cola” (como enjuició alguno crispado por ahí). Una mezcla de recursos teatrales de crueldad y distanciamiento que se realizan, por ejemplo, en el cinismo radical de su “puesta en abismo”, en el circuito cerrado que forma el uso audiovisual, la ironía e incorrección política sobre discursos de actualidad mediática (Martín Larraín, Lucía Hiriart y Matías Catrileo, por ejemplo, son puestos en un mismo saco lúdico), la contradicción y perversión de sus propios sentidos críticos y el registro desbordado de las actuaciones que transforma las corporalidades en trinchera y fuerza centrífuga; todo lo que terminará llevando las valoradas cadenas discursivas hasta su cortocircuito y desborde semiótico.

¿Qué ocurre entonces? Yo me atrevería a decir que en los 70 minutos sin intermedios de obra, se desencadena una saturación estridente y radical del imaginario de esta eufórica y orgiástica época de violenta convertibilidad de todo en objeto de consumo, cuando la cultura es la absoluta homogenización de todo y todos bajo el signo del valor abstracto para la maquinaria, sin afuera de esa relación ni de su representación totalitaria; arrastrando al vórtice de este “reggaetón” incluso los dispositivos críticos mismos de la obra. Hasta la peregrina idea de emancipación como su afuera potencial quedará obturada en la irónica y autorreferente captura audiovisual de algo así como una obscena “violencia revolucionaria”, cerca del final de la obra. No deja títere con cabeza esta dictadura de lo cool, la de la mercantilización ilimitada de la vida; y “el pueblo”, el enano del materialismo histórico, monstruoso, no más representable, se queda acá sin teología. Tal vez esa sea la única “buena” noticia.

Un “pisarse la cola” no menor, me parece, por dar este necesario paso atrás que afirma –fugazmente como es la condición teatral– la pura dimensión de acontecimiento y perplejidad; aparato que revienta carnalmente sus posibles capturas de significación y se convierte, para la escena local, en un muy certero ejercicio de profanación de aquello que acostumbramos a encumbrar como teatro político y a pensar como lo político en el teatro, y no solo ahí.

 

 

Compañía La Re-sentida

Dirección Marco Layera 

Elenco Carolina Palacios, Benjamín Westfall, Carolina de la Maza, Diego Acuña, Pedro Muñoz, Benjamín Cortés 

Dramaturgia La Re-sentida

Producción Nicolás Herrera 

 

21 hrs. Hasta el 18 de enero en M100

 

Crédito imágenes Nicolás Herrera