Críticas

La orden infeliz. Cuatro ensayos renacentistas, de Alfonso lommi (Catálogo, 2016)

Bruno Cuneo
Escritor

Entre las cosas del libro que me llamaron la atención voy a destacar solamente tres: el dispositivo retórico del libro, la secundariedad de sus personajes y la predilección por el espacio íntimo.

Dice Gombrich en otro libro publicado por esta editorial que la mejor manera de averiguar lo que un escritor quiso decir es decirlo con otras palabras y de preferencia en otro idioma. Yo no voy a cambiar de idioma, ni siquiera voy a tratar de aclarar lo que ha querido decir Alfonso, sino que me voy a detener muy brevemente en algunos aspectos del libro que me han llamado la atención y en otros que me han conmovido. Voy a partir por las conmociones.

Este pequeño libro es uno de los grandes placeres literarios que he experimentado el último tiempo y digo placer literario porque este libro es ante todo una escritura, es decir, un artefacto que funciona primero con palabras y porque funciona con palabras funcionan las ideas. En este sentido, no es el libro de un académico que escribe muy bien, sino el libro de un escritor que hace clases, porque posee una voz o una manera de respirar reconocible, al contrario de la escritura académica, que más que una voz es una emisión o un flujo verbal desnervado sin matices ni relieves.

Algunas de las cosas que vuelven singular o reconocible el estilo de este libro, aparte de su extraordinaria pulcritud conceptual y analógica, es en primer lugar su tono, que parece estar siempre a medio camino entre la ironía anecdótica y la melancolía serena. Por lo primero entiendo ese modo de hacer pasar a primer plano detalles y circunstancias de la vida que carecen de interés filosófico y que aumentados hacen que esa vida se torne un poco risible, como sucede muchas veces en algunos textos de Diógenes Laercio. Por lo segundo, en tanto, entiendo ese escepticismo, ese nihilismo incluso, que recorre el libro, que es una galería de infelices quietos, cuyas semblanzas o perfiles terminan siempre con un remate escéptico, que no proviene de ellos sino más bien del retratista: 1) que debemos reconocer lo antes posible que pertenecemos a una orden basada en nada; 2) que la filosofía no es más que una habladuría ociosa que sólo sirve para adaptarnos a las veleidades de la fortuna; 3) que la comedia nos muestra el espectáculo del poder, pero vacío de todos sus atributos 4); que la vanidad o la nada es indestructible en el caso de los hombres. El tono de Alfonso, en este sentido, se parece mucho al de Montaigne, que a su vez se fraguó en el escepticismo sereno de los clásicos latinos, aunque seguramente otra de sus referencias es Thomas de Quincey, sobre todo por el modo de tratar las ideas filosóficas encarnándolas en la vida cotidiana de los autores. Estoy pensando sobre todo en el ensayo de De Quincey sobre los últimos días de Kant.

Entre las cosas del libro que me llamaron la atención voy a destacar solamente tres, aunque podría extenderme sin problemas: el dispositivo retórico del libro, la secundariedad de sus personajes y la predilección por el espacio íntimo.

 Conversar

 El subtítulo de este libro es “Cuatro ensayos renacentistas”, no “Cuatro ensayos sobre filósofos o artistas del Renacimiento”, y entonces uno se pregunta de inmediato qué podría ser un “ensayo renacentista”, a sabiendas sobre todo que el ensayo es él mismo un género renacentista, inventado por el citado Montaigne. Y creo que la respuesta a esta pregunta se encuentra por analogía en la descripción que hace Alfonso de la estructura retórica de las conversaciones recogidas en los diálogos de Poggio Bracciolini, que es el primer personaje convocado en La orden infeliz. Esas conversaciones, dice, tenían “un marcado carácter antifilosófico”, “cuya consigna podría resumirse en dos mandamientos perfectamente complementarios: no discutas los fundamentos, no concluyas nada”. De lo que se trata, añade Alfonso, es de dar por sentadas las ideas alrededor de las cuales girará la conversación y disputar sin dirimir la cuestión final, lo que significa en el fondo conversar en vez de discutir.

Habría que meditar en el futuro de la filosofía como conversación antes que como discusión, porque discutir, como dijo una vez Deleuze, es siempre un ejercicio inútil y narcisista que no consiste en nada más que en pavonearse por turnos. Y yo creo que a Alfonso siempre le ha gustado pensar y conversar sin estar atizado por el prurito de la polémica, pero tampoco por el prurito de la profundidad, que suele atenazar asimismo la indagación filosófica. Para Alfonso, en efecto, no hay profundidad en las cosas ni en las vidas, sino algo así como destellos en la superficie, y por eso le gusta resaltar siempre la faceta más efímera de una disputa filosófica y seguirle la pista luego a las minucias de los argumentos, sin esbozar nunca grandes ideas, porque no hay grandes ideas, porque “todas las ideas son pequeñas”, como dice por ahí citando a Henry James.

 Personajes secundarios

 Pero una cosa es resaltar las circunstancias más adventicias de un diálogo y otra cosa es fijarse en los aspectos o los momentos más laterales de la vida de un personaje, e incluso fijarse en personajes que, comparados con el friso de notables que figuran en la historia y llaman la atención de los estudiosos, son a todas luces secundarios. El filólogo florentino Poggio Bracciolini, por ejemplo, no tiene la envergadura intelectual de Ficino; el pintor Lotto (“huésped tutelar de la pintura veneciana”, así nombrado) no tiene la altura de Tiziano, pintor laureado, y aunque el propio Alfonso dice que el más conocido de todos estos personajes es Maquiavelo, el “maquiavélico” filósofo es sorprendido aquí en su faceta más desconocida, la de dramaturgo. Todos los personajes, podríamos decir también, parecen encuadrados a la manera de Lotto (“encuadre Lotto”, llamémosle a este recurso), es decir, fuera de la mirada frontal, para que resalten tal como resaltan los personajes en sus pinturas: “Individuos tenues cuyas existencias se pronuncian en voz baja hacia un costado y se inscriben en inmensos escenarios mal iluminados; que tienen una mirada fija y una pose rígida; que están a punto de precipitarse en un desmayo cuya índole ignoramos y que dan la impresión de desprenderse, poco a poco, de algo: de una piel, de una rama, de un puerto”. Y al encuadrar de este modo, lo que hace Alfonso no es solamente ofrecer una vista desconocida del personaje perfilado, literalmente perfilado, sino también reducir la escala de la mirada histórica y filosófica dirigida a los grandes períodos del Espíritu, volviéndolos reconocibles como hechos y sujetos de la vida cotidiana, al contrario de lo que haría Hegel, que suele resolver todo lo particular y contingente en una Idea con mayúscula. Es algo que, por otra parte, he podido percibir también en los poemas históricos o de tema clásico de Kavafis, en los que aparecen siempre en primer lugar los personajes secundarios y los detalles del transcurrir de la vida cotidiana en el pasado, no tanto las gestas o los episodios que quebrarían o volverían significativo ese pasado. Alfonso también suele encarnar las ideas en la vida cotidiana de los pensadores que le interesan, e incluso le he escuchado decir en otra oportunidad que le resulta inevitable pensar en sus retratados sin ubicarlos en una casa o en un interior para ver cómo se mueven.

 Un espacio privado, demasiado

 A propósito de esto último, me llamó mucho la atención también el hecho de que todos los personajes retratados estén captados en el momento en que se repliegan o se retiran de los asuntos públicos o mundanos. Son todos en verdad una pila de desertores o jubilados de la vida pública: Poggio se ha retirado a su villa, donde se dedica a coleccionar estatuas rotas; Pico della Mirandola ha debido refugiarse en Florencia; Maquiavelo, por su parte, se ha retirado a una casa en las afueras de esa misma ciudad, en una suerte de reclusión campestre, dedicándose a pasatiempos extraños y a leer a los clásicos; Lorenzo Lotto, por último, se ha retirado a un convento. El mundo o el ámbito de lo público, en el fondo, es siempre para Alfonso el ámbito del poder, de las presunciones, de la dignidad imperial, y a ese ámbito opone lo que llama bellamente “la compacidad y la indivisibilidad de la vida privada”, que según él es totalmente refractaria al secreto, una de las formas más propias de la dignidad del poderoso: “La fuerza de la privacidad –dice– consiste en su planicie, en su incapacidad para albergar cualquier cosa de más dimensiones, en su ineptitud para dotarse de contenido. El hombre privado es el opuesto del hombre poderoso, no sólo por su anonimato, su vulnerabilidad y su irrelevancia, sino, más que nada por su cualidad refractaria al secreto. La vida privada es el lugar donde los secretos se desvanecen, donde los designios se vacían”.

De todos los argumentos del libro, este me parece el más espectacular, pero también es aquel, debo confesar, con el que menos concuerdo y tómese lo que voy a decir como un tema de conversación y no como un argumento en disputa. Yo no creo, en verdad, que la privacidad tenga alguna fuerza ni que la vida hogareña, en la que Alfonso suele instalar a sus retratados, sea el lugar del existir. La privacidad o el aislamiento en lo privado, al contrario, siempre ha tenido para mí un aire de encierro, de inactividad e incluso de tristeza. Creo más bien en algo que decía André Bretón, que en lo posible habría que vivir en una casa transparente.

Pero voy a terminar, como corresponde, con un elogio. Pocas veces, en verdad, tiene uno la sensación de ver a un gran escritor en ciernes y yo creo que este libro es un vaticinio de eso, por lo que espero que por una vez no sea cierto esa extraña idea de Maquiavelo, mencionada en este libro, según la cual la buena literatura es siempre un presagio involuntario de la ruina venidera. La orden infeliz es un libro total, nada menos que eso.

 

* Este ensayo acaba de ser distinguido con el premio a las Mejores Obras Literarias Publicadas