Otros

Los repartos de lo sensible de Jacques Rancière: Homenaje en Valparaíso

Adolfo Vera
Director Magíster en Filosofía, Universidad de Valparaíso

La figura de un autor corta su época y establece en ella –con palabras e imágenes, con trazos o bloques de color, de sonido o de tiempo- una anomalía que define una singularidad. Ésta redefinirá las relaciones que con dichas palabras, colores, sonidos o pedazos de tiempo mantienen los miembros de la comunidad. El autor abre esta comunidad creando, como un miembro que se le escapa, otra comunidad que va y viene desde ella, repitiéndola y desfigurándola, pero siempre recreándola. En ese sentido, la obra de un autor es obra de creación de comunidad. El autor crea un espacio y un tiempo comunes, en el que otros se reconocerán o querrán reconocerse (la comunidad de los lectores de los que habló Kant en su texto sobre la Ilustración, comunidad que hoy se desdobla y multiplica en redes en las que el saber, en otro tiempo protegido en las bibliotecas, se reparte en soportes informáticos y desde ahí logra transformar el pensamiento y la acción de las personas, si queremos todavía ser algo de kantianos).

Laudatio al Profesor Dr. Jacques Rancière con motivo de la atribución del doctorado Honoris Causa de la Universidad de Valparaíso. Miércoles 9/11/2016.

En pocos autores lo anterior se manifiesta con tanta intensidad como lo hace en la obra de Jacques Rancière. No sólo porque su obra haya tenido –como la de muy pocos filósofos- una influencia en movimientos sociales y grupos de acción política alternativa (no reducida, digámoslo usando las palabras del propio Rancière, a la ritualidad mecánica de las elecciones regulares cada cierto tiempo), sino ante todo porque la singularidad de su filosofía se define por un intento radical y sistemático por diluir las fronteras que regulan la “distinción” con que el pensamiento, históricamente, ha buscado instalarse en una posición “superior” respecto a los acontecimientos y a la contingencia histórica. En el ámbito de la filosofía, por ejemplo, esta “distinción” se manifiesta, desde Platón, por la capacidad de los enunciados filosóficos para abarcar a los acontecimientos, en su singularidad, y someterlos a las exigencias de la necesidad y de la universalidad. Lo concreto se disuelve en lo abstracto, y esto es signo de corrección lógica. Así, lo singular, el acontecimiento, la contingencia y la fragilidad del tiempo –el tiempo y su relación con las actividades humanas, como los oficios o la producción artística, tan importantes en el trabajo de Jacques Rancière- son “salvados” por los enunciados abstractos y adquieren, de tal suerte, la distinción que les asegurará la eternidad de las definiciones universales y necesarias. Más adelante volveremos sobre esto, pero adelantemos que es justamente aquí donde su importante noción de “ficción” adquiere toda su relevancia, pues permite la desestabilización de todo sistema y abre al mismo tiempo la vía para invenciones de ficciones que permitirán siempre emanciparse de la mecánica y la maquinaria de la repetición de lo mismo y de la obediencia a lo dado que imperan en nuestra época gobernada por los economistas neoliberales.

Jacques Rancière pertenece a una generación de filósofos que, en la agitada Francia de los años 60 (la década posterior a la guerra de Algeria, y que culminaría con el famoso mayo del 68), buscó, en el camino abierto por filósofos como Michel Foucault, Gilles Deleuze, Jacques Derrida y Louis Althusser, atacar y destituir esta “distinción” que fundaba un cierto aristocratismo filosófico al disolver la contingencia en la necesidad y la particularidad en la universalidad. En esta concepción, que será la de Platón, pero también la de Descartes, la de Kant y la de Hegel, los fenómenos que definen a lo humano –su relación con el tiempo, con el trabajo, con la creación- son superados en su precariedad (su mortalidad) y adquieren el prestigio del concepto. A diferencia de los autores de la generación que les precedió, los filósofos franceses de la generación de Jacques Rancière –varios de los cuales estudiaban, como él, en la famosa Escuela Normal Superior de París- no reaccionaron a esta “distinción” filosófica a partir de una reivindicación de la existencia como dato fundamental que debe considerar el pensamiento, ni de un volcamiento hacia las cosas mismas –para encontrar en ellas al ser y al tiempo que les constituye- sino a partir de una reelaboración de lo político como el espacio fundamental en el que las acciones humanas (y el discurso que las piensa) desenvuelven su tejido. Lo político no es una rama más en la división del campo disciplinar filosófico –el que integraría junto a la ética, la estética, la metafísica, etc.- sino que el tejido mismo de la existencia humana. Pero tampoco se trata, en Rancière, como en algunos otros filosófos de su generación, de “lo” político, como si la sustantivación funcionase allí como garantía de abstracción (y por ende de rigor); se trata de una política “plebeya” en sus prácticas, que prefiere la exploración horizontal de los tejidos sensibles que conforman lo real y están allí para que creemos ficciones que nos permitan constituirnos en comunidad.

Se ha destacado muchas veces la importancia que para Jacques Rancière tuvo la revuelta de mayo del 68; no seré yo quien diga –estando él mismo aquí, con nosotros- hasta qué punto este acontecimiento fundamental del siglo XX marcó su vida y su obra. Sin embargo, algo esencial de esta revuelta habrá marcado la obra y la vida de Rancière y varios de sus compañeros de generación, no sólo filósofos sino que igualmente cineastas, poetas, escritores y artistas, con los que Rancière siempre ha tenido un diálogo respetuoso pero no por eso poco exigente y crítico. Aquello que, de mayo del 68, ha marcado –entre muchas otras cosas sin duda- de un modo fundamental al gesto filosófico rancieriano ha sido, me parece, la particular atención que el filósofo presta, desde sus primeras publicaciones siendo todavía muy joven, a los acontecimientos, fenómenos, obras y acciones políticas que rompen las jerarquías predominantes hasta entonces y obligan a construir una nueva partición de lo sensible (he aquí el sentido político profundo de la ficcionalización –uno de los temas abordados ayer por el Profesor Rancière en su conferencia pública). Se trata de una suerte de estallido que destituye la continuidad del tiempo y lo abre a las múltiples reelaboraciones del tejido sensible y entonces lo político, en su determinación plebeya, no es un asunto de discurso o de logos, sino que también –y ante todo- de sonidos (phoné), de gestos y de movimientos, de cuerpos que avanzan y que retroceden, de gritos inarticulados, de danzas y de cuerpos reuniéndose, tal como lo explicaba ayer por la tarde en su presentación del film de Béla Tarr en el Pcdv.

Ahora bien, los estallidos deben cristalizarse de alguna manera para poder seguir existiendo, aunque no sea más que a partir de ciertos fragmentos que perduran materialmente en modos del habla y movimientos del cuerpo. Una de estas cristalizaciones fue la creación del Centro universitario de Vincennes, un centro experimental creado a fines de 1968 por el ministro de educación nacional Edgar Faure como respuesta estatal a las demandas de los estudiantes de una educación radicalmente diferente a la existente. Vincennes es un momento importante en el pensamiento de Rancière pues siendo aún muy joven, y habiendo sido recrutado por Althusser y Derrida incluso antes que el Centro de Vincennes se creara, pudo participar desde su fundación a los muchos y paradójicos avatares de dicho centro que fue demolido a fines de los años 1970 en el momento en que se crea la Université de Paris VIII Sain Denis, donde el Profesor Rancière es actualmente Profesor Emérito. Vincennes es importante pues uno de los trazos que –como pedazos de cuerpos extraños injertados al cuerpo sano y saludable de la institución universitaria en general y de la institución filosófica en particular- podemos observar en cuanto cristalización específica de la revuelta de mayo del 68, en las prácticas de enseñanza que allí se experimentaron y en los discursos que entonces se ficcionaron, es el de poner en relación horizontal, y ya no vertical-jerárquica, el mundo de los “pensadores” y el de los “trabajadores”, el de los que disponen de tiempo libre para acceder a las verdades que es preciso conocer para profundizar la humanidad de los humanos, y el de aquellos que –no teniendo tiempo para leer, contemplar o crear- deben contentarse con “trabajar”. De tal suerte, Rancière va a postular que no se trata de que unos piensen –por ejemplo, en torno a la revolución o a la emancipación- para que los otros (los explotados o los “vencidos”) logren entender cuál es su condición, hasta qué punto sus manos y sus pies están atados con cadenas, cómo es preciso actuar para romperlas. De lo que se trataba (y esto estaba comenzando a ponerse en práctica en Vincennes) era de diluir esas fronteras entre los que piensan y los que actúan según el programa establecido por los que piensan, entre los que, sometidos y explotados, deben aprender de aquellos que, aunque pequeñoburgueses, han podido, por puro esfuerzo intelectual, volcarse contra su propia clase para enseñar a aquellos que deben obedecer cómo emanciparse. ¿Cuál es, en este contexto, la función (si la hay) del filósofo (que, desde Kant y Hegel, suele ganarse la vida como profesor universitario)? Planteado en términos puramente negativos, podemos decir que a lo menos no es dos cosas: primero, no consiste en dar las indicaciones y recetas para que aquellos que no pueden acceder a las complejidades y rugosidades de la teoría sepan “qué hacer” para liberarse de su condición de seres pasivos y obedientes; segundo, no trata de dar explicaciones globales, universales y necesarias, respecto de los fenómenos y acontecimientos, los que para el vulgo permanecen en la confusión y la incoherencia. La función del filósofo, tal como la ha entendido y puesto en práctica Jacques Rancière, es la de anular toda función predeterminada asignada a cualquier actor social, intelectuales, obreros, funcionarios o dirigentes, y reinventar un nuevo reparto de las funciones que surgirá del trabajo en el tejido sensible y su re-partición.

Todo filósofo necesita construir un método para llevar a cabo su proyecto teórico (en este caso, el de una filosofía “plebeya” que pretende anular las jerarquías que regulan nuestro acceso al tejido sensible, permitiendo la invención de nuevas ficciones políticas); Rancière lo encontrará en la senda ya abierta por Michel Foucault, de quien fue muy cercano. Se trata del trabajo con los archivos, pues éstos –como mostró a lo largo de su obra el autor de la Historia de la locura en la época clásica- son el mejor antídoto contra las “verdades innatas” proclamadas por la metafísica. En su primer trabajo de largo aliento, que de ser su tesis doctoral pasará a transformarse en su primer libro, “La palabra obrera” (1976), el filósofo que hoy homenajeamos realizará una investigación exhaustiva en los “archivos del sueño obrero”, según reza el subtítulo de su segundo libro, uno de los más influyentes, de 1981, “La noche de los proletarios”: se trata aquí de observar cómo esta palabra, si uno la lee en las cartas, los testimonios y diarios de los obreros mismos, dice algo muy distinto a lo que según los intelectuales y científicos marxistas (Althusser por ejemplo) decía: en el fondo, lo que esta palabra buscaba era, según explica Rancière en una entrevista (“Et tan pis…”, p. 76), “desviar el lenguaje de los otros (burgueses, sabios, poetas) para poner en cuestión el lugar que el orden del discurso les asignaba en el orden social”. Es así como Rancière se encontrará con “personajes” (estamos siempre hablando, aquí, de ficciones) que con su potencia desarmarán las nociones pre-establecidas y los repartos de lo sensible pre-programados. Es el caso del “parquetero” Louis-Gabriel Gauny, filósofo plebeyo, o de Jacotot, maestro ignorante; en otra entrevista, del año 2008 (“Et tant pis…”, p. 644), dice Rancière respecto a Gauny (me permito citar extensamente pues estas declaraciones revelan la esencia del método descubierto por nuestro filósofo): “(…)El parquetero Gauny, permaneció fuera de la comunidad [la comunidad saint-simoniana de Ménilmontant], pero, el domingo, se va con dos amigos, a la vez para tomar aire fresco en el campo y hacer propaganda en cada lugar que vayan. Llegan a un albergue y comienzan a abordar a las personas. Van donde un carnicero y le explican que su oficio de degollar es horrible y que no es posible que siga con él. Esta manera de ligar un paseo de domingo con la propaganda, de ligar la propaganda para la vida nueva y la emancipación con una atención a todos los gestos de la vida saltó de pronto ante mi rostro. Tomé la decisión de leer los textos oficiales, los textos constitutivos del movimiento y del pensamiento obrero como el resultado de todo un proceso que debía partir de este deseo de ciertos individuos de cambiar la vida. Esto determinó para La noche de los proletarios un modo de escritura más bien inquietante para las personas ya que este libro contaba historias. En principio, era un libro sobre el proletariado, el pensamiento obrero, el movimiento obrero, y las personas estaban muy afectadas porque no había en él un gramo de teoría. No había más que historias. Se trataba de un montaje de historias que estaban ahí para definir ya no las ideas, sino que la textura sensible de un proceso de pensamiento”.

Llegamos así a otro de los aspectos más originales (y, por qué no decirlo, polémicos, pues nuestro autor jamás ha rehuido el polemos innato a toda verdadera filosofía) del pensamiento de Jacques Rancière: su noción de historia. La historia –como disciplina- surge en autores como Jules Michelet en el contexto en que en todos los ámbitos de la producción espiritual las jerarquías que determinaban, hasta entonces, el “reparto de lo sensible” (lo que puede o no ser contado, visto, escuchado, o leído), se produce una verdadera revolución: de pronto, los acontecimientos empiezan a encadenarse ya no en obediencia a una ley propia a la identidad de una nación o de un pueblo guiado por sus héroes o líderes espirituales o militares, sino que empiezan a aparecer –es decir, a ingresar, transformándolo, en el tejido sensible que configura al socius- personajes, figuras, objetos, oficios que antes no tenían derecho a ser “contados”; en un texto escrito para una exposición en el Centro Georges Pompidou, “Arrêt sur histoire” (1997) se pone en evidencia la relación que hay entre la transformación poética llevada adelante por los Románticos de Jena a fines del siglo XVIII, la revolución en la ficción moderna en autores como Flaubert y el nacimiento de la fotografía y de la historiografía como modalidades de una “revolución democrática” donde se destituyen las jerarquías que definían la existencia de objetos nobles e innobles, dignos de ser contados por los historiadores y los escritores, o puestos en imagen por los profesionales de la representación. Esta revolución es, ante todo, poética, en el sentido de que implica la elaboración de nuevos modos de encadenamiento de los acontecimientos y de esta suerte la manifestación de nuevos modos de la racionalidad. Así será explicitado en uno de sus libros más influyentes: “Los nombres de la historia. Ensayo de poética del saber” (1992).

En el marco de sus investigaciones sobre historia, poética y política –donde podemos encontrarnos con un libro como “En los bordes de lo político” (1990)- Rancière desarrollará una teoría política fundada en la noción de “desacuerdo” (mésentente) desarrollada en el libro homónimo (La mésentente, 1995) y que es sin duda uno de sus textos más influyentes y comentados. Rancière desarrollará una teoría del conflicto político en el que, a diferencia de lo que ocurre en pensadores conservadores como Carl Schmitt, no obedece al mantenimiento de las jerarquizaciones y las divisiones ya existentes, ni se funda –como en el caso de Benjamin- en un mesianismo político, sino que busca determinar los modos en que, en determinados momentos de la historia, los “sin voz”, los “no-vencidos” de los que nos habló en su conferencia de ayer, son capaces de transformar el tejido sensible que funda el reparto político, abriéndose un espacio en él y transformando al juego de la representación (poniendo en evidencia siempre sus límites). Este proceso no es obra únicamente de dirigentes políticos iluminados, sino que a la base están los modos de hablar, de habitar, de moverse y de pensar del pueblo. Una igualdad de base se funda allí: es la igualdad que nos da el hecho de que todos respiramos el mismo aire, vemos el mismo sol, caminamos por las mismas calles, cantamos, a veces, las mismas canciones: una igualdad que se funda en las posibilidades de acceso al tejido sensible. Sin embargo, dichas posibilidades se encuentran siempre reguladas, encauzadas, divididas, jerarquizadas. A esta división y jerarquización Rancière le dará el nombre de policía (más en el sentido del inglés policy, que en el que usamos en castellano cuando hablamos de “policía”), es decir, todo el engranaje burocrático y administrativo que busca evitar el desacuerdo y el conflicto instalando una “falsa” –porque hecha del temor al castigo- normalidad. Lo que rompe esta normalidad y este ordenamiento policial, es justamente la política, y ella, como hemos dicho, se funda en la igualdad de acceso al tejido sensible, y en la capacidad humana de poder transformarlo cuando es necesario. Por ejemplo, en su célebre “El maestro ignorante. Cinco ensayos sobre la emancipación intelectual” (1987) nos muestra el método que utilizó el educador francés Joseph Jacotot como un método de emancipación justamente en el sentido en que es capaz de desarmar los modos policiales en los que se regulaba –y en gran medida se sigue regulando, de allí la enorme actualidad de ese libro- la relación entre educadores y estudiantes.

No es extraño entonces que la amplia obra de un autor tan productivo como Jacques Rancière esté atravesada de punta a cabo por sus reflexiones en torno al arte, la literatura, el teatro, la danza y el cine (sin olvidar las prácticas más contemporáneas del arte, como el video, la instalación, la performance). De hecho, Jacques Rancière es una referencia ineludible para todos aquellos que quieran comprender los complejos devenires de las artes en las últimas décadas, y es un invitado habitual a escribir en catálogos de exposiciones y a participar como crítico en bienales de arte y festivales de cine. Pero el arte para Rancière no forma parte de las divisiones tradicionales de la filosofía (ética, metafísica, estética, ontología, etc), pues en toda su obra él busca destituir cualquier tipo de “policía” filosófica reemplazándola por una verdadera “política” de la filosofía. El arte para Rancière se constituye en un modo privilegiado del ejercicio político fundamental: la transformación del “reparto de lo sensible”, es decir, el tratamiento de los materiales sensibles que en última instancia permitirán que la realidad misma en la que nos movemos se transforme. Así, por ejemplo, tal como nos explicó ayer en la presentación del film de Béla Tarr, el cineasta es capaz de transmitir “el peso con el que los personajes pesan en el tejido sensible”, cómo los movimientos de los vencedores son distintos a los de los vencidos, cómo su acceso al habla, a los gestos, es distinto, pues está mediado por las jerarquizaciones de la policía, y por ende la política debe ingresar allí para transformar –por medio del conflicto y del desacuerdo- dichos accesos. Para Rancière estas rupturas lo son ante todo del orden temporal de la sucesión; la emancipación consistiría ante todo en resistir ante el tiempo homogéneo que se nos impone desde los dominadores hacia los dominados, por ejemplo, hoy en día, en las universidades, el tiempo de la productividad, de la burocracia que nos agobia y nos impide pensar “contemplativamente”, sin índices, sin control, libremente; el tiempo del consumo que obliga a “planificar” siempre nuestras existencias. Contra ello –contra los tiempos oscuros que se anuncian desde hoy mismo en atención a los sucesos recientes en EEUUU- el arte, el pensamiento, la literatura, la política en definitiva, pueden todavía constituir un tiempo de los “no vencidos”, un tiempo de la “resistencia”. No es poco lo que usted, Jacques Rancière, nos ha enseñado, pues se trata de asuntos que pueden cambiar la vida de las personas, como de hecho a muchos de nosotros nos la han cambiado sus libros, y vayan hoy por todo esto –aquí, en una universidad pública de Valparaíso- nuestros infinitos agradecimientos.