Columnas

Resistencia de materiales (8): Aldabas

Enrique Winter
Escritor

Aldabas es el primer libro de poesía de la ensayista y editora Macarena García, un libro que revolotea entre el zaguán y el patio interior –así se llaman las dos primeras secciones, “aldabas” es la tercera– de una casa que sugiere una ausencia. Su poesía no viene a habitarla, sino a fijar indicios de ese revoloteo mientras suspende con gracia el sentido al que nos tiene acostumbrados el lenguaje de la información y también suspende el tiempo, en un presente que vuelve a suceder cada vez que retomamos la lectura. El recuerdo (“una bicicleta/ sandalias de goma verde:/ primera navidad”) o lo que parece la lectura de una foto (“entreabiertas/ las piernas la boca/ la cabeza hacia atrás/ los ojos cerrados/ el cuerpo/ derrumbado/ sobre una silla/ bajo el sol”) se igualan gráfica y tonalmente en Aldabas a la experiencia directa. Los poemas mismos están suspendidos en el aire del cuarto superior izquierdo de cada página porque tienen pocos versos que, además, son cortos. Empezamos y terminamos en la misma puerta arrinconada por la página en blanco (“patio interior” empieza y termina en una ventana, a mayor abundamiento), pero nosotros ya no somos los mismos luego de leer esa puerta desde la multiplicidad de sonidos que nos ofrecen sus aldabas.

            Quizás el rasgo más distintivo de los poemas respecto de sus contemporáneos es que este minimalismo, la reducción del exceso retórico a un núcleo intenso, no implica un tono confesional ni denuncia social alguna, tampoco viene aparejado del humor ni de la sencillez expresiva. García reduce su aparato de palabras a lo esencial y su resultado, paradójicamente, es polisémico como si se tratase de la más barroca de las propuestas. Esto sucede porque los poemas están construidos en base a elipsis, a conjeturas y anacolutos. Están pensados para enredarnos en ellos, como las extremidades de los cuerpos que aparecen y desaparecen en sus páginas. La autora decide que no tengamos nunca del todo claro quién realiza las acciones. Suspende la certeza del mensaje –el mar– para que oigamos una y otra vez la gota que “quiebra el agua/ para lanzarse”. La tercera persona podría ser una orden al lector (“recuerda/ el olor de su pelo”) y en el verso siguiente (“la última vez que la vio”) ya parece la primera persona del hablante, desdoblada en su propio recuerdo. Aldabas no habla por los demás y si podemos reconocer cada tanto experiencias personales en los poemas es solo de manera oblicua: sorprenden las numerosas capas de transparencia que tienden tan pocas palabras. Tampoco sabemos del todo a qué se refieren ni dónde suceden, y la sugerencia es poderosa en el final del poema ya citado: “hay/ lo que en la almohada/ tras levantarse”.

“Patio interior” comienza con un texto que considero la poética del libro y que, creo, ilustra mi argumento: “sin ventanas/ ante un espejo/ unos anteojos/ sin cristal”. Aldabas no mira a través de la ventana ni a la ventana misma. No hay ventana, no queda ventana viable luego de la tragedia que nos narra en ese hilo tan fino que puede no verse y aún el libro funcionaría. Dice “muerte” una sola vez y al paso, como todo lo que enuncia, desde el epígrafe de Omar Jayam “Abran, que es breve el tiempo que nos queda, y el viaje que aún hemos de emprender, jamás tiene retorno”. Es el mismo viaje que cerca del final de “zahuán” emprende alguien que “deja lo justo afuera/ más de lo que lleva dentro” de la maleta. Si hay realidad, aquí está alterada, por supuesto, por eso es poesía: los anteojos. Aquí no tienen cristal. La alteración solo la da el marco, el marco de los versos, en el escaso gris de estas páginas sin letras. Sin ventanas ni cristal, “en lo que queda/ de su mirada/ sobre las cosas”. Se ve lo que es, podría decirse del libro entero, pero también se ve lo que era en los ojos de otra. Eso que vemos está en el espejo, en un espejo que primero nos invita como el de Las Meninas para luego mostrar al artista despojado de nosotros: “se desnuda/ se mira en el reflejo/ de otra mujer/ en la ventana.”

            En Aldabas abundan las cosas: “un colchón una silla/ dos cucharas un/ plato chico y otro grande/ tres copas/ una almohada// ni plantas ni perro/ ni bata de levantar” entre las pertenencias enumeradas en el segundo poema, que hablan por su dueña. La intensidad crece en las páginas posteriores hacia los utensilios que evalúa una distinta: “la silla no es cómoda/ la cama: blanda/ suficiente// en el clóset cabe la ropa// la cocina enciende/ el hervidor/ eléctrico no/ no siempre// la ducha: caliente/ jabón: hay luz// por la tarde/ se fue”. La renuncia a la puntación, seguida por la rima asonante y el ritmo inestable del corte de verso contribuyen al mareo con el que recorremos esas salas vacías, en las que a falta de algo que parezca principal, relumbra lo accesorio. Cada texto es, de este modo, una metáfora del paso (del tiempo, de las personas) a través de la permanencia del detalle: la basta, el cortaúñas, incluso gatos, pájaros y un perro negro. Somos nuestra relación con los objetos y con el otro, que es más expresivo aquí justamente porque se difumina. Y porque nos despierta los sentidos (“sin lágrimas ni lluvia:// el frío/ en la punta/ de la nariz”, “el pecho suena/ como el desierto”, en fin, “el cuello mojado de sudor/ un vaso de agua entre las manos/ el viento cálido del poniente”). Tomamos consciencia a tal punto de la experiencia vital y de la experiencia literaria de la empatía, que en la tercera sección, cuando “aldabas” propone trece finales alternativos luego de la apertura de la puerta, uno puede sorprenderse diciendo “no lo hagas, no lo hagas, por favor no lo hagas”. Hay dos poemas fundamentales que también enumeran el retorno del viaje que niega Jayam. Curiosamente comparten que fueron escritos por chilenos que se imaginan nuestro país de no haber ocurrido el golpe de Estado: “La ciudad” de Gonzalo Millán por vía de retroceder todas las escenas y “El sueño de Kiko Rojas” de José Ángel Cuevas, por vía de detenerlo oníricamente. “Aldabas” integra ese linaje de los valles posibles. García ofrece, así, un libro disuasivo, radicalmente leve para dialogar con el peso de lo innombrable.