Columnas

Resistencia de materiales (9): Ulupica. Trece poetas bolivianos

Enrique Winter
Escritor

“No importa de qué hablen ninguna de esas cosas”, escribe Juan Pablo Salinas en el primero de sus versos y acierta en uno de los méritos de Ulupica. Trece poetas bolivianos actuales: el de esquivar los contenidos esperables, junto con insinuar que lo importante en literatura es cómo se tratan esos contenidos, sean los que sean. No hay indigenismo ni denuncia explícita, y a la larga, no tenemos cómo darnos cuenta de que esta poesía fue escrita por bolivianos en vez de ecuatorianos, peruanos o chilenos. Salvo por mínimas referencias culturales y giros lingüísticos de los Andes, podría extender esta observación a tradiciones más lejanas, y es que todo aquello que de periférica tiene esta antología respecto del canon de la poesía boliviana, a criterio de sus compiladores –los poetas chilenos Gladys González y Juan Malebrán–, lo tiene en común, a mi juicio, con la poesía occidental escrita por autores nacidos entre los mismos años 1981 y 1994. ¿Cuáles serían estas características? En Notes on Post-Conceptual Poetry, Felix Bernstein, nacido en 1992, las enumera para sus inmediatos predecesores en Estados Unidos. Dice Bernstein que estos poetas son parte de una tendencia mayor dentro del post-postmodernismo, que aúna afección, rareza sexual, ego, lirismo y narcisismo autoconsciente dentro de las estructuras procedimentales heredadas de la “red” y del “concepto”. O sea, ha vuelto la figura del autor que creíamos muerta desde Barthes, en una poesía para la cual sus propias experiencias parecieran nuevamente relevantes. Lo que me interesa de este regreso, cíclico, en mucho emparentado con la exposición de lo que antes era privado, propio de esta época de redes sociales que permiten, además, un intercambio fluido de textos, es que en los autores jóvenes se opone a la simple narración que campeaba recientemente. Aquí abundan confesiones violentas (conceptuales en Lucía Rojas) o sexuales (explícitas en Edgar Soliz), pero en ambos con lenguajes a propósito recargados, poniendo al lector en una escena difícilmente definible, una “escena [que] se cierra con las últimas baldosas de un mercado fangoso/ con botellas vacías, frutas pasadas y unos cuantos locotos” como continua el poema de Salinas. Se trata de un fenómeno nuevo en poesía, el de esta radical semejanza y contemporaneidad entre tradiciones remotas, en tensión con el relato local. Al estructuralismo queer dominante hoy se llegó entonces desde vías tan ajenas entre sí en los años setenta como las vanguardias del lenguaje en el norte y las retaguardias de la poesía política, con sus propias urgencias en las dictaduras del sur. La globalización que tiende a igualar el consumo en todo el orbe también tiende a igualar la información sobre la que se construyen las formas de su resistencia artística.

            ¿Hay otros elementos comunes entre estos autores? Sí, la variedad de registros formales y algunos resabios románticos y surrealistas en Rocío Ágreda, para una búsqueda de la belleza que comparte con Anahí Maya, por ejemplo, en quien destacan esta nueva subjetividad y el deseo de movimiento; la oralidad y el uso de neologismos que seducen rítmicamente, más evidentes en Sergio Gareca y Jorge Samos, cercanos al spoken word y a los beat. Esa influencia extranjera es, sin embargo, planteada de forma crítica, exponiendo, en el caso de Gareca, un sincretismo religioso. En la manera de componer versos de Iris Kiya hallamos influencia de las letanías católicas junto con referencias bélicas que recuerdan al El buen soldado Švejk de Jaroslav Hašek. En prosa usa las conjeturas del policial. Y es que la amplitud de referencias es otro de los puntos en común. Hace rato ya que la distinción entre alta y baja cultura está caduca y estos poetas lo saben. Ninguno elude el cotidiano, pero pocos, como Pablo Espinoza, en las ganas de huir y en el desasosiego creativo, y José Laura, en la observación del barrio, lo tematizan. Más bien la tendencia es a alejarse de la denuncia y de la narración de lo inmediato. Si Roberto Oropeza se queda en ellas es con consciencia de sus materiales, que posibilitan quiebres dramáticos para lo que de veras le interesa: la muerte y la incomunicabilidad. Es sorprendente, de hecho, cómo la experimentación formal que varios ensayan tiene como límite reconocible la comunicación de ideas de alguna consistencia. No hay arranque de tarros, por así decir, y entre los recursos tradicionales de la poesía, todos privilegian la imagen. La imagen que asienta las dudas sobre lo dicho. La imagen que en los mejores momentos de esta antología se acumula hasta perderse de vista dentro de las atmósferas –otro mérito– antes que en los discursos. Porque los discursos, no hay que olvidar que se trata de poetas jóvenes, tienden a agruparse en la previsible desadaptación del sujeto contemporáneo, mayoritariamente joven, por cierto.

El epílogo de Ulupica transparenta que casi todos han participado de antologías y festivales producidos en torno a la triple frontera con Perú y Chile. Si bien esto podría implicar la ausencia de poéticas de autores menos sociables o llanamente alejados de esa zona geográfica, también da cuenta de un fenómeno tan interesante como el expuesto antes: que esta generación redime las instancias colectivas y se reconoce desde ellas como no sucedía hace tiempo. Un gesto profundamente político, facilitado por las nuevas tecnologías. Algunos autores no tienen aún libros propios, lo que no ha obstaculizado la difusión de su obra en antologías cartoneras y revistas virtuales. Otros reafirman aquí obsesiones de poemarios que publicaron hace mucho. Es el caso de Milenka Torrico, cuyo Preview leí en 2010, que reaparece con la misma agudeza con la que entonces encauzó su rabia hacia los moldes de la apariencia y del comportamiento exigidos a las mujeres, esta vez desde una caja con más herramientas que la narración de verso corto, sugiriendo en prosa y en versos de extensión disímil aspectos más inquietantes y originales de su propio discurso. José Villanueva cierra Ulupica sin comas ni mayúsculas, con la única mención a Bolivia y a los efectos sociales de las políticas económicas. Escribe que “hemos llegado a la hora a la que comen los meseros” y, por eso, respetuosamente, Ulupica y yo nos levantamos de la mesa y nos despedimos con un abrazo.