Críticas

Retromanía: Electrodomésticos vive en Chile

Jorge Acevedo
Periodista y columnista de música.

Sucedió en los 80, cuando los rankings se repartían entre Lionel Richie y Augusto Pinochet. Cuando  la “escena rockera” aún se alimentaba del murciélago de Ozzy Osbourne, mientras se acomodaba la chaqueta pre-lavada de Robert Plant (y veía, por qué no, algún video apolillado de Jim Morrison desmayándose en el Hollywood Bowl).  En ese contexto de aislamiento comunicacional, punks, new waves y peinados raros nuevos, compartían espacios y fobias comunes. Demasiado maquillados y “extranjerizantes” para los fascistas de derecha e izquierda, aquella escena  de mediados de los 80 creaba un lenguaje propio desde la poca luz que entraba en nuestras tapiadas ventanas.

Así, mientras Los Prisioneros fueron The Clash, Depeche Mode y TheStranglers en un solo paquete, los Electrodomésticos fueron Brian Eno, Art of Noise, Talking Heads y todo lo que sonara a vanguardia trasladada al terreno de lo popular. Como la amplia vitrina del “rock latino” permitió casi todo, el trío de Cabezas, Paredes y Medina lograron colar en la memoria generacional homenajes al pensamiento deconstructivista de Yolanda Sultana, monólogos de asesinos pasionales y  algunas perlas imposibles del mejor pop bizarro. Mejor aún, esa mezcla imposible logró tener cierta repercusión impensada debido a ese disparo a la bandada que fue la política de los sellos de la época con el llamado “pop latino”. Sí, señor, en ese páramo desolado que constituían las FM de mediados de los 80s, bien se podía escuchar “Sírvase una empanadita” entre “Locos Rayados” y “Esperando Nacer”; u observar asombrado esa joya del cine de bajo presupuesto llamada  “Yo la  quería” entre los últimas piezas de arte contemporáneo mainstream de Aterrizaje Forzoso o Engrupo.

Luego de eso, Electrodomésticos facturaron lo más cercano un hit que podían hacer (“El frío misterio”), hicieron shows inolvidables en galpones de lo más artísticos, se separaron y volvieron con uno menos (Ernesto Medina, el dueño de las grabaciones de campo), pero con integrantes y prestigio de más. Y como en el proceso han hecho cualquier cosa menos “venderse” (nadie con la voz de Cabezas podría hacerlo, para ser sinceros), son esa pintura que uno gusta mostrarle al amigo foráneo (junto con la estampita de Jorge Gonzalez a la que le rezamos diariamente) que viste-que-acá-también-teníamos-cultura-¿ok? Y que el resto de los sobrevivientes del pop latino se sacudan en sus criptas y en los pubs de provincia.

Pero como el tiempo está del lado no sólo de Mick Jagger, es que Electrodomésticos recuerda este 1 de Septiembre en el Nescafé de las Artes los 30 años de “Viva Chile”, aquel fresco del Chile dictatorial musicalizado a la Art of Noise. Cual si fuese el reverso estético (que no conceptual) de cualquier álbum de Schwenke y Nilo, se recordará en la ocasión un cassette donde  se congregaron discursos de Hitler, gringos hipnotizados por la cocina  nacional, predicadores televisivos a punto de inmolarse, filósofas astrales y todo lo que podía caber un dial de radio pobre, con una censura a la que había burlar desde el ingenio. 

De lo anterior han pasado 3 décadas, profesionalización, democracia (o algo así) y todas esas canciones en las que Cabezas ha podido utilizar los disílabos que ha querido.  Por lo mismo, el reencuentro será algo distinto. Con una banda que revisita bastante poco su pasado (sólo “Yo la quería” se ha mantenido en su repertorio con los años) y que amenaza con versiones nuevas de la mano de los invitados DJ Bitman, Dj Raff y Fantasna, en ausencia de las grabaciones de audio originales. Y con adelantos del disco 2017 por si fuera poco. Nada que huela a nostalgia excesiva, aunque sí a un recuerdo que es mejor mirar desde la distancia.

Digamos que ni “Viva Chile” es un disco fenomenal (mis aplausos para el sucesor “Carreras de éxitos” de 1987) ni que sería realmente hermoso volver a vivir esas épocas. Nada mejor, entonces, que escuchar nuevamente a Yolanda Sultana o a Jimmy Swaggart en lugar de disfrutarlos en el menú cotidiano,  evitando la sonrisa amarga ante la analogía entre un discurso de Hitler y nuestro gobernante de turno. Al final, siempre será mejor re-apropiarse del pasado tortuoso desde la distancia y con la seguridad que es sólo un recuerdo lejano.