Columnas

Ricardo Piglia: Un breve y merecido adiós

Federico Galende
Escritor y profesor U. de Chile

Un reconocimiento a la obra del escritor, ensayista y crítico argentino Ricardo Piglia (1941- 2017).

Todavía recuerdo la primera vez que me encontré con uno de sus libros: estaba encima de la mesa del comedor de casa, lo había dejado allí mi padre, quien seguramente lo estaba leyendo. Como en casa me tocaba poner la mesa, levanté el libro para reemplazarlo por un individual o un plato y me distraje hojeándolo durante un rato, creo que solo con el fin de diferir esa desgraciadísima obligación doméstica. Sobre un fondo negro termolaminado en exceso aparecía en primer plano, iluminado por la luz intensa del disparo fotográfico, la cabeza roja de un fósforo partido, y un poco más arriba la tipografía en blanco daba al nombre del autor las mismas proporciones que al título del libro:

Ricardo Piglia. Respiración Artificial.

Olvidé ese nombre durante un tiempo hasta que volví a encontrármelo en una entrevista que en la Revista Unidos, por entonces materia obligada para los estudiantes que no comulgábamos con el establishment de la cultura política alfonsinista, le hacía Horacio González. La entrevista contenía en tres o cuatro páginas apretadas algo que, según mi parecer, caracterizó siempre el estilo de Piglia, un estilo consistente en exhibir la metafísica de la Argentina a través de un archivo de lecturas tan inabarcable como espontáneamente servido. El tono en el que lo hacía era el del hombre común, sencillo, puesto que en Piglia perduró siempre una capacidad inusual: la de conseguir que incluso el más sofisticado parágrafo de Heidegger no suene inverosímil en la boca de un almacenero o en la más burda charla de café.

Ese era su modo, un modo algo maldito, que residía en mostrarse como un lector cualquiera cuando en realidad estaba sobradamente provisto, como Borges o Viñas, de uno de los sistemas más distinguidos de interpretación de la tradición literaria argentina. Piglia había estudiado historia, detalle no menor, y por eso en todo lo que escribía, como me tocó notar cuando tras revisar aquella entrevista regresé al libro que había hojeado con desdén al borde de la mesa, percibía el lector que se estaba comunicando con un par, uno que era como él pero que a la vez, sin que se entendiera muy bien cómo ni por qué, le llevaba varias cuadras de ventaja.

Esas cuadras las había digerido con premura encabezando desde muy joven, cuando no tenía más de 20 o 25 años, proyectos que, como el de la Revista Literatura y sociedad, célebre a mediados de los sesenta y desaforada después con precipitación de la memoria colectiva, contenían en sus ensayos el esbozo abreviado de su posterior sistema de lectura. En un número del año 65, a caballo de una militancia radical, se había permitido ver en Marx la expresión teórica de un mero aprendiz del realismo de Balzac. La relación, hoy tan documentada como previsible, no dejaba de ser arriesgada por aquellos años, tocados por la vara del rigor y el dogma, no obstante haberle sido útil a un lector como él para construir una tesis en la que la intriga del policial victoriano de finales del siglo XIX se conjugaba con el escritor romántico como matriz del periodista investigador (con sus debidas citas secretas a un César Tiempo, un Arlt, un Walsh) y con una forma de la realidad política que tenía su fuente inevitable en la ficción.

En el fondo era una manera provocadora de leer a Sarmiento o a Moreno, este último no por nada traductor iniciático de Rousseau al castellano en el primer periódico argentino (La Gazeta),y al resto de los autores que, como ellos dos, podían jactarse de haberle regalado una gramática literaria al idioma desvalido del estado. El tema tenía un evidente sabor borgeano, pero al autor de Florida Piglia había tenido la astucia de emplazarlo previamente como el último escritor del siglo XIX, todo bajo la premonición, ahora hegemónica, de que Borges había cerrado la gauchesca leyéndola como retórica. Ese era un camino: ir a Borges para extremar la idea del “lector argentino”, hijo de una lengua desalojada de la literatura universal con la que, por esto mismo, se podían componer toda clase de obras impensadas, como lo fueron las suyas.

En La ciudad ausente, favorito por muchos motivos para mí entre sus libros de ficción, el nombre de Macedonio es evocado remotamente por una insólita máquina de narrar que entrevera todos los géneros, así como el espíritu de Borges había tejido una década atrás cruces inesperados en el ya citado Respiración artificial. Después llegó el imán de Plata quemada, un policial invertido que agregaba a los nombres de Borges y Macedonio el de Roberto Arlt, tercera pieza de un triángulo indispensable con el que Piglia simuló cursar tributos graciosos a un Chandler o un Soriano. El libro estaba hecho de ráfagas orales y brochazos deliberadamente sucios, propios del escritor que, en la línea de un Gombrowicz, a quien no dejó jamás de consultar y cuya diatriba contra los poetas en la vieja librería Fray Mocho lo condujo a esgrimir su “teoría del complot”, se presenta como el vanguardista refinado que no ve problemas en desarrollar uno que otro best seller.

La zaga la cerraron Blanco Nocturno y El camino de Ida, novelas autobiográficas de un provinciano afligido que, sin olvidar su Adrogué natal, donde siempre se detenía un tren, le jugó a Buenos Aires la carta del periodista que se empolva los zapatos en una fábrica de automóviles abandonada en medio del campo o la del elegante profesor de Princeton aburrido de lidiar con chicos deconstructivistas que no saben deconstruir absolutamente nada. Satélite helado a unos kilómetros de nieve de la tentadora Nueva York, de esa ciudad, a la que arruinaba el anexo de la palabra “universitaria”, no pensaba en otra cosa que en partir.

¿Partir para qué? Partir para dedicarse de una vez por todas a lo que la universidad, vaya paradoja, no se cansa de impedir: leer, leer y escribir. ¿Se entiende? Lo cierto es que llegó por fin el día y mientras hacía las maletas, con un pie en la nieve de New Jersey y el otro en la calurosa Buenos Aires, se enteró de la noticia: estaba enfermo de una enfermedad rarísima, una enfermedad que no figuraba en ningún libro y para la que no había archivos ni documentos que esta vez ayudaran mínimamente a enfrentar. Se apenó y le quedaron sus ojos, con cuyos movimientos alcanzó a editar, inmovilizado en una cama, las infinitas pilas de cuadernos de Ricardo Emilio Piglia Renzi.

Eran los cuadernos que escribió a lo largo de toda una vida, de los que contra todo pronóstico alcanzó, sin embargo, a corregir una inusitada cantidad de páginas. No lo hizo solo por él, lo hizo fundamentalmente por el lector, a quien como buen seguidor de Brecht no soportaba abandonar sin explicarle antes que en lo suyo no había magia, que lo suyo era trabajo.

Y claro que había trabajo, uno que está hoy más que a la vista en esos fabulosos diarios en los que no titubea en confesar su condición de obrero literario. De tan lindo que era dedicó sus meses más duros y desdichados a desacreditar sus pases de mago, pero la fortuna tenía también su truco y lo desdijo llevándoselo el único día del año en el que a los magos los celebra el mundo entero.

Adiós maestro.