Críticas

Sobre Diario de la renuncia, de Franco Pesce (Chancacazo, 2016)

Macarena García Moggia
Columnista

En la novela de Pesce no hay retorno pero sí renuncia, y también misterio: el misterio de un crimen contra un erizo que habría confundido la carretera con la carrera; la renuncia del que abandona la ruta del “progreso personal” para volver a estar a la altura de la palabra sobrevivencia.

La estrategia de sobrevivencia de un erizo es paradojal. Para rehuir al peligro, se cierra sobre sí mismo y se vuelve una bola de pinchos que se mimetiza con su entorno. A veces le funciona, otras no. Derrida recuerda en un texto sobre poesía a un erizo que atravesando la carretera reacciona del mismo modo ante la inminencia de un atropello. La estrategia entonces se vuelve fatal. El pobre erizo cae presa de su propio instinto de conservación, y lo que es para la vida se vuelve para la muerte, o al revés. En esa tragedia dulce del erizo de carretera Derrida veía algo así como el germen de la experiencia de lo “poemático”. Según Federico Rodríguez, que ha escrito sobre estos asuntos, lo que ese ericito diría es que no es posible atravesar la carretera de un lado a otro sin ser atropellado, que el atropello tiene siempre lugar y que “saber exponerse a él es necesario para llegar al otro lado y para poder estar a la altura de eso que la palabra sobrevivir puede llegar a condensar”.

Franco Pesce en esta, su primera novela, traduce, creo, esta clase de aprendizajes al lenguaje de lo que llama “una renuncia”. Para ello, escoge el formato de un diario. Un diario que prescinde de fechas para privilegiar simplemente las horas, que son las horas de la escritura y que se describen menos con señales numéricas que con atmósferas y afecciones corporales ligadas al transcurrir del día. Se despierta a las seis de la mañana e intenta escribir, vuelve de una cena tras haber comido demasiado, no logra conciliar el sueño, gana tiempo, espera. Sin perder de vista esas condiciones, digamos, materiales de la escritura, unas condiciones a todas luces muy privilegiadas, el diario entremezcla los avatares de una cotidianidad bien poco acontecida con algunos recuerdos de sucesos recientes y otros en cambio más pretéritos: un paseo en Londres con algunos amigos, un paper que ha debido enviar, algunos viajes por Europa pero, sobre todo, los viajes que en su juventud temprana hiciera por ciertos parajes y paisajes del sur de Chile. “¿Cómo escribir un diario y no sonar como un chico de 16 o 19 años?” se pregunta en un momento el narrador, invitando al lector a sospechar de la distancia que mantiene con el registro del yo alguien que, mal que le pese, ha debido sustituir la primera persona por la tercera, tan cara a un régimen académico de Doctorado. 

Porque el núcleo de la novela es ese: un estudiante de Doctorado en Literatura en Cambridge toma la decisión de abandonar sus estudios. No sabemos que esa es la razón de la inquietud que lo anima a escribir un diario hasta bien entrado el relato. Sólo lo acompañamos en una incomodidad latente que hace que la vida cotidiana se presente con un peso inusitado y los recuerdos, en cambio, sobrevuelen su cabeza de manera insistente. Así la memoria de los viajes abre poco a poco la posibilidad de cambiar de rumbo, y la fantasía propia de los 16 o 19 años de encontrarse a sí mismo en la intemperie de un campamento improvisado se traspone en la fantasía, demasiado adulta, de abandonarlo todo (nuevamente).

Como contrapunto, están las lecturas del narrador, y entre ellas una novela en particular, El camino de Ida, de Ricardo Piglia, donde un profesor de Columbia se involucra en el misterioso asesinato de una colega suya, Ida, en cuyo reverso el autor despeja la decisión de renunciar a la universidad para volver a su Argentina natal. En la novela de Pesce no hay retorno pero sí renuncia, y también misterio: el misterio de un crimen contra un erizo que habría confundido la carretera con la carrera; la renuncia del que abandona la ruta del “progreso personal” para volver a estar a la altura de la palabra sobrevivencia.

Hacia el final, la historia revisita una imagen de carretera. El personaje sueña que viaja de Santiago a Viña por la ruta 68, y que distintos tipos de niebla le impiden ver el paisaje en la ventana. Nieblas azules, amarillas, rosadas. La mirada se queda fija entonces en el manto iridiscente que cubre lo real y nos expone, como el erizo, a la muerte. “Para morir”, dice una Carla Cordua citada en la novela, “no hace falta saber nada”. Tal vez esa frase resuma la bella poética de carretera que prefiguran estas páginas, una que ojalá Pesce asuma, en adelante, con la radicalidad y el riesgo necesarios para llegar al otro lado.