Críticas

Sobre El paraíso está vacío, de Raúl Zurita (Alquimia, 2016)

Paz López
Teórica del arte y docente

Si hay un pathos que se repite insistentemente en El paraíso está vacío, ese es el del asombro: ojos y boca bien abiertos, como si la mirada y la palabra hubiesen quedado suspendidas o detenidas, como si el sufrimiento atravesara los órganos de los sentidos y desactivara por un momento sus funciones. Ojos y boca a punto de desfondarse por sus mismas caras. Mandelstam nos recuerda que cuando Dante lo necesitaba, llamaba a los párpados “labios de los ojos”. “Esto ocurre cuando las lágrimas congeladas cuelgan de las pestañas como cristales de hielo y forman una costra que impide llorar”. Y si llorar es una apertura afectiva que nos dirige amorosamente a otro, El paraíso está vacío es un libro hecho de asombro, pero también de un ardor que comienza poco a poco a derretir esas lágrimas, y el libro entonces comienza él mismo a llorar, a pestañear. Poema acuoso, poema cinético, poema cinematográfico.

Publicado por primera vez en 1984, en plena dictadura militar, sus imágenes no son esquivas a la hora de referir los nombres propios del horror, su territorio específico. Es Chile, es La Legua, es Pinochet, son sus víctimas, somos nosotros. Pero en este libro las imágenes se separan y se despiden, nos dicen insistentemente adiós y “comienzan a derrumbarse como casas bombardeadas”. No son imágenes descriptivas, Zurita las interrumpe, las saca de escena antes de que alcancen ese destino. Son más bien convulsas, como si todas las imágenes del horror entraran unas en otras, se mezclaran, se rompieran, se quemaran, burbujearan y permanecieran ante nosotros un segundo para mostrarnos su herida.

Entonces, su poética se encuentra más cerca del procedimiento que de una disposición artificial de conceptos y contenidos. Porque en El paraíso está vacío la imagen pesadillesca del horror no queda adherida a una forma o idea fija de aquello que perdimos o de aquello que vendrá, sino a una hiperactividad significante que restituye la experiencia a su movilidad, su fluidez, su vértigo, es decir, al propio tiempo de su duración. Por eso el paraíso no puede sino estar vacío, porque aquí el porvenir no está previamente diseñado y porque el profeta ha sido reemplazado por aquel que habla desde la inmanencia de su propia sobrevida.

Sus bocas abiertas son una bandada
de pájaros que chillan, no, son aviones que caen envueltos
en llamas, no, es un paisaje lunar.

…sobre
ellos se alza el hongo de una inmensa explosión
atómica, no, es el retrato de una hermosa mujer.

Zurita utiliza obstinadamente ese “no” como elemento de paso o signo de puntuación, como transición de una imagen a otra, no tanto para buscar una más justa sino para poner cada vez más lejos la meta del sentido. Porque aquí hay llaga y pus, porque aquí el sentido todavía no ha llegado. Otras veces funciona como zoom o alguna otra prótesis que ayude al ojo a realizar foco otra vez. Eugenio Dittborn, a propósito de ese estado líquido de la visión que sería propio de viejos y recién nacidos, dice que “el fuera de foco es una pérdida de atención visual, un desvanecimiento, un aflojamiento… el umbral de la ceguera y el sueño”, mientras que “enfocar es estar alerta”. En El paraíso está vacío no podemos dejar de sentir que aquello que ha quedado con vida entre los escombros y la soledad de una destrucción casi total, intenta abrirse camino. Y cuando lo hace, se encuentra con un pueblo extraño e incomprensible, arrancado de su historia y de su existencia. Es Chile. ¿Cómo testimoniar ese proceso de degradación? ¿Qué mirada, qué memoria?

…Dentro de ella se refleja otra pupila que le devuelve la mirada y ese
reflejo a su vez espeja a otra y esa otra a otra y a otra y a otra:
el último reflejo es el de una calavera. Sus cuencas vacías
se agrandan aceleradamente invirtiéndose en dos pelotas
cristalinas que ruedan por el piso.

En uno de los fragmentos de entrevista publicado como anexo del libro, Zurita dice que la poesía es también y sobre todo el lugar de una sepultura simbólica. Esa afirmación no puede sino venir de un realismo extremo y riguroso que advierte sobre la incesante obra de la muerte en la que se halla sumida la vida humana. Y es al alero de ese saber donde se fragua este libro, un libro-sepultura que en su apertura al drama de la historia no deja de retardar la desaparición de la ausencia (de cuerpos, de significados, de mundos).

Madre, madre. Asi termina este poema. Y si la madre es en la tradición iconográfica-cristiana –pensemos en la Pietá- aquella que retiene amorosamente al cuerpo muerto en trance de caer, madre será también el poema, este poema.