Críticas

Sobre Imposible salir de la tierra, de Alejandra Costamagna (Estruendomudo, 2016)

Julieta Marchant
Poeta y editora

A Nicolás Labarca

 

Imposible salir de la Tierra, ¿qué es salir de la Tierra?, ¿cuáles son sus implicancias allí donde la Tierra sostiene y aguanta, nos mantiene en forma vertical, con la cabeza con vistas al cielo, como asida por un hilo invisible y atada al resto del cuerpo, que es apoyo y materia firme en su gravedad? Con los pies en la Tierra, es decir, cauto, sensato, puesto en el lugar que le corresponde, domesticado en su propio lugar doméstico. Imposible salir de la Tierra, ¿y si fuera posible salir de la Tierra, dónde iríamos, dónde depositaríamos el cuerpo y la cabeza? ¿Salir de la Tierra sería abandonar la verticalidad, volvernos horizontales, desdoblarnos?, ¿qué es esa imposibilidad que como posibilidad se asoma? Si pensáramos la literatura de Alejandra Costamagna como un lugar escritural de la domesticidad, de lo cotidiano que de pronto se dispara en su ritmo, en su pulsión, en lo que de los personajes se revela casi a penas y susurrando y que, al tiempo que se revela, se recoge, ¿qué es eso que se dispara silencioso en este libro, que reúne –de mano de su autora– algunos de los relatos más significativos de su obra?

Salir de la Tierra, nos diría la portada, es estar en cualquier lugar que no sea la Tierra, la no-Tierra, donde nuestra cabeza necesite de un artefacto que proteja y nos permita respirar. Para salir de la Tierra, pienso, y seguir siendo humanos, seguir siendo sujetos, conservar, en fin, nuestra íntima y a la vez expuesta subjetividad, habría que no perder la cabeza y, para ello, resguardarla con los artefactos que el hombre ha dispuesto –y que la portada nos muestra–. Allí la nariz y la boca que necesitan inhalar y exhalar, no contaminarse de esa otredad radical que es la no-Tierra; allí los ojos, la mirada, el pensamiento en una pecera. Para salir de la Tierra, una sola cosa: prepararnos, domesticarnos. Yo diría, sin embargo, que esa imposibilidad de salir de la Tierra, que nos sugiere el título, en realidad, existe con vistas a salir de la Tierra, ocurre en la medida en que el deseo de salir pulsa y de allí tal vez la imagen de la portada: Imposible salir de la Tierra, el título; una cabeza que salió de la Tierra, la imagen. Algunos personajes salen disparados, incluso antes de que nos anticipemos como lectores a esa detonación; otros parecen elevarse y vuelven a ser aquietados por la gravedad; algunos quedan en ese intermedio impreciso entre la Tierra y el espacio vacío, irrepresentable, que es la no-Tierra.

Pensemos, pues, con la cabeza. En las palabras, en su misma materialidad, este libro esconde y exhibe un doblez textual. Pareciera que todo ocurre de a dos. Ese dos que remite a ratos a lo temible. Y aquí pienso en otra Alejandra: «Alejandra Alejandra / debajo estoy yo / Alejandra», de Pizarnik, quizá el poema más concretamente aterrador de ese doblez humano que pareciera volvernos inhumanos. Y en Costamagna, una microantología de ese doble: las mellizas de «Cachipún»; Julieta y Raquel, las hermanas de «Imposible salir de la Tierra»; el cincuenta y cincuenta por ciento de la enferma Julieta, que ante su operación puede 1) quedar bien o 2) quedar mal; los sueños coordinados de estas dos hermanas; la segunda muerte que ve la protagonista de «Are you ready?», que a la vez suple a la madre en el ritual funerario; la aprendiz de 1) natación y 2) piano de «Cielo raso», ubicada entre una –la profesora de natación– y otra –la profesora de piano–; la relación entre Canossa y Alia de «Naturalezas muertas»: Canossa le dice a los dos meses que la quiere, Canossa se siente caminando por Retiro como si fuera un doble de sí mismo, cuando lo golpea la idea de perder para siempre a Alia. Algo en esta textualidad expele lo dual: dos cuadras, dos minutos, dos meses, un personaje entre dos: quedarse o irse del otro, quedarse o irse de la Tierra, la imposibilidad de salir que es, necesariamente, la avidez por salir. Y para el final dejo «Cuadrar las cosas», aquel relato en el que una mujer se saca la cabeza y, desde su interior, extrae a un bebé. El problema aquí es uno: al tratar de ponerse la cabeza nuevamente, falla. Los vecinos intentan ayudarla, pero todo gesto es inútil. Lo único que funciona es meter la guagua de vuelta –esa guagua que atrapa sus pensamientos, es decir, que la deja vaciada de pensar– y solo entonces la cabeza puede volver a ser puesta en su lugar. Pensemos con la cabeza: cuando la cabeza se desdobla, queda separada de sus pensamientos, cuando perdemos la cabeza, el mundo, nuestro mundo pequeño y particular –es decir, nuestro cuerpo– se desconfigura, se vuelve inútil, no sobrevive a su desbloblamiento. Y es por ello que el doble se nos impone aquí como lo macabro y hay toda una historia visual de ello: Identical twins, la fotografía en blanco y negro de Diane Arbus de dos gemelas; las gemelas de El resplandor de Kubrick, clara cita a Arbus; la obsesión de la fotógrafa digital Loretta Lux por los gemelos, que aparecen una y otra vez, evocando lo siniestro, en su lúcida obra. Alejandra Alejandra / debajo estoy yo / Alejandra. La mera idea nos pervierte, el doblez nos satura en la medida en que rompe la unidad, el vínculo entre cabeza y cuerpo, el ideario de que somos uno y no otro. Y mucho menos uno y otro a la vez. Quizá por ello la mujer de «Cuadrar las cosas» no tiene más remedio que devolver a su doble –la guagua– a la cabeza para recuperar esa unidad que ha perdido. Esconder al doble, devolverlo a su origen: recomponerse es necesario y urgente.

Pensemos con la cabeza, aunque quisiera pensar como alguien que pierde la cabeza. Leer como alguien que pierde la cabeza:

Hay un doble soportable, un doble que se desprende de todas las cosas, como si la naturaleza del mundo fuera ese pliegue. Ese doble es la imagen y está apuntado en Platón: la imagen –eidolon– se cae de las cosas, como una piel desprendible. Sabemos de nuestros cuerpos por nuestra imagen y tenemos noticia de ese doblez de la materia hacia una imagen mediante el espejo. Aunque ahora diríamos que tenemos noticia de ello por la fotografía, por la pantalla del celular que es el nuevo espejo, aquella habitación –que es la selfi– que recoge al cuerpo. Lo siniestro, entonces, es también la materia de la cual ninguna piel-imagen se desprende, es decir, pienso con el fotógrafo Fontcuberta, el vampiro: ese inmortal del cual ningún espejo acusa recibo, pues no tiene reflejo. Entonces tal vez no estamos hablando de dos, porque todos, de alguna manera, somos dos: nuestro cuerpo y su imagen. Quizá estamos hablando de cuatro, de los dobles que pueblan el libro de Costamagna y sus imágenes respectivas. Estamos hablando de la posibilidad de los personajes de alborotarse y volverse múltiples. Un ejemplo: Alia de «Naturalezas muertas», quien es, cito: «Una mujer que corta un boleto», «una mujer tierra dentro», «una mujer en película de época», «una mujer que abre un ruido», «una mujer que anida un gesto imposible», «una mujer que camina en reversa», «una mujer en blanco y negro», «una mujer fuera de foco», «una mujer a contraluz», «una mujer colérica o sicalíptica», «una mujer sin guión», «una lengua de fuego, la mujer» y, finalmente, «una mujer que enciende las luces». El relato va proliferando a Alia, la insistencia de un ritmo unitonal la vuelve plural, hasta que llega el final: emancipada de su casi marido, a kilómetros mentales de él, Alia muere chamuscada y ese cuerpo solo revelará una imagen: la piel quemada, carbonizada, inmovilizada para siempre por los celos de Canossa. Es tal vez Alia uno de los personajes que está más cerca de salir de la Tierra, de la Tierra que acá es el Cecil –el bar y la hostería que montan juntos–, que son los brazos de Canossa, ese casi marido revuelto por las pasiones y los celos. ¿Qué sugiere esta muerte, qué convoca en el libro? Quizá es una manera de decirnos: aguantamos el doble del cuerpo y su imagen –y, de todas maneras, la íntima unidad que ambos conforman–, pero no soportamos más. Allí donde Alia se multiplica es justamente allí donde Alia debe morir.

Antes de escribir esto, abrí mi mochila para leer el libro de Alejandra y me pasó algo curioso: adentro no había un ejemplar, sino dos. El día anterior había estado en la casa de alguien que también tenía el libro y, pensando que era el propio, me lo llevé. Tenía dos Imposible salir de la Tierra cuando aún no sabía, no tenía cómo saber, que escribiría sobre lo dual. Leí sentada en un avión, lo más lejos de la Tierra que puedo estar, en este libro un cuento sobre una Julieta –la duplicación del nombre es siempre perturbadora–; esa Julieta que estaba viviendo todo por última vez, porque desde el inicio se nos dice que ahora se va a morir. Julieta también quiere salir de la Tierra y para ello recorre desesperada los pisos del hospital buscando la elevación para lanzarse al vacío y anticiparse a esa muerte que de todos modos tendrá lugar. «Ganas de que la Tierra sea de agua y nadar hacia afuera, siempre hacia afuera», leí en «Agujas de reloj». Pero acá no nadamos: nos quemamos, morimos lentamente, nos resignamos, no llegamos nunca al otro lado. Atrapados los personajes y sus imágenes en sus propias y entrañables unidades duales flotan, se rajan, intentan pluralizarse y se topan con un problema: para salir de la Tierra, Alejandra, Alejandra, hay que perder la cabeza.