Columnas

Somos feos pero tenemos la música (2): Skeleton tree

Pablo Rosenzvaig
Columnista

Conocí a Nick Cave en la casa de un amigo de mi adolescencia, que un día me prestó su cama de abajo para dormir. No recuerdo de dónde veníamos, pero puso el Let love In (1994) tal vez pensando que sería un buen disco como para quedarse dormido. La primera vez que escuché esas campanitas de “Do you love me?” y esa frase repetida mil veces como si fuera un mantra, no pude conciliar el sueño. Di mil vueltas a la almohada y tuve que poner el disco mil veces más porque había algo en lo que escuchaba que no me dejaba descansar. Había algo en Nick Cave que quería tratar de descubrir, había algo en ese disco en el que, me parecía, no repetía las cosas al azar.

Era imposible dormir sin tratar de descifrar lo que esa conjunción de cosas quería decir.
La primera vez que escuché a Nick Cave fue también el momento en que acepté que no entendía nada. No conocía nada anterior. Ni el First Born Is Dead (1985) ni menos a su banda The Birthday Party. Llegué al Nick que tenía a los ángeles de Leonard Cohen haciéndole los coros. Y otro día contaré la historia entera, pero hoy estoy acá porque vengo de escuchar su último disco Skeleton Tree, y aunque ya tenía escrita una segunda columna sobre American Music Club, me pareció necesario agarrar el lápiz Bic y rebobinar el cassette de todo.
El Skeleton Tree es como cuando citan a Auden en Cuatro Bodas y un Funeral (1994): ves tu reloj y en serio la aguja del tiempo se ha detenido, aunque siga girando.
Stop all the clocks, cut off the telephone,
Prevent the dog from barking with a juicy bone,
Silence the pianos and with muffled drum
Bring out the coffin, let the mourners come.

Let aeroplanes circle moaning overhead
Scribbling on the sky the message He Is Dead,
Put crepe bows round the white necks of the public doves,
Let the traffic policemen wear black cotton gloves.

He was my North, my South, my East and West,
My working week and my Sunday rest,
My noon, my midnight, my talk, my song;
I thought that love would last for ever: I was wrong.

The stars are not wanted now: put out every one;
Pack up the moon and dismantle the sun;
Pour away the ocean and sweep up the wood.
For nothing now can ever come to any good.

Se me hace imposible no pensar en esos perros a los que Auden quería hacer callar cuando escucho el Skeleton.
Recuerdo a Freud cuando se rompía la cabeza pensando en que, a pesar de que existen los traumas en la realidad, aquello es sólo la realidad que nuestro psiquismo nos permite articular. Y pienso en esto porque me parece necesario comprender la idea de que Nick Cave siempre ha tratado con fantasmas. Pero lo que hace que este disco descienda realmente a los infiernos es esa muerte real que toca a la puerta.
El Edipo te dice que hay que matar al padre, pero nunca te enseña a que un hijo se muera antes de poder matarte. Y es a Nick ―más allá de que sé que asesina fantasmas desde el día que nació y que muchos interpreten el Skeleton en clave Pedro Engel cuando supieron que gran parte de las canciones fueron escritas antes de la muerte de su hijo― a quien vengo acá hoy a dedicarle esta columna.


“I've searched the holy books
Tried to unravel the mystery of Jesus Christ, the saviour
I've read the poets and the analysts
Searched through the books on human behaviour
I travelled the whole world around
For an answer that refused to be found
I don't know why and I don't know how”.

Eso ya cantaba Nick mucho antes de que se le muriera su hijo, así que buscar premoniciones en el Skeleton Tree es para esa clase de giles que te tira un “te lo dije” en medio del polvo de Siria, que vuela después de las metáforas pelotudas de la guerra.
Ayer fui a ver el documental de Nick sobre la grabación de Skeleton Tree, y hoy estoy borrando casi todo lo que llevaba escrito acerca del disco.
¿Por qué borro? ¿Por qué llevo 2 meses sin haber podido terminar de escribir de este disco? ¿Por qué me fascina hoy dejar de lado ese narcisismo sacrificando algunas frases que me parecían buenas? Bueno, creo que ayer comprendí muchas cosas viendo el documental. Diré tres porque aún sigo mal después de verlo ayer.
La primera es que mis palabras al lado de esos silencios de Nick Cave valen nada. La segunda es que sin Warren Ellis a su lado esta historia hubiera sido muy distinta. Nick en un momento del documental dice: “¿Qué sería yo sin Warren?”
Cuando a Warren lo quieren entrevistar acerca de Nick, dice de manera respetuosa: “No me rompan las pelotas. No me pregunten lo que no sé ni lo que no quiero responder. No tengo respuestas pero tengo mi hombro para que Nick se apoye”.
Hay un momento del documental en donde por primera vez vemos a Warren moviendo el Korg sobre sus piernas y lo mira a Nick como diciéndole “Algún día vas a volver a bailar amigo”. El resto del tiempo Ellis es ese que, cuando a Nick le faltan las palabras, le pone partitura a sus silencios.
La tercera es que el Skeleton Tree es una ópera para cuando las palabras fallan, cuando se enfrentan con eso real ominoso e inexplicable; al hombre de arena releído por Freud, al Evangelio de San Mateo de Borges, a los perros de paja de Peckinpah.
Hay un momento gigantesco en el documental, y es cuando Nick dice que las palabras ya no le sirven, pero que sin ellas no tendría forma de articular la memoria. “¿Qué hago yo en una entrevista cómo esta?”, se pregunta en otro momento. Pareciera querer decir que ya no cree en las palabras en las que creía antes; ya no las maneja. Es como si estuviera haciendo asociación libre con todas sus certezas.
No hay tiempo aún para escribir de esta tragedia o, por lo menos, analizarla, pero sí lo hay para decir que para mí el Skeleton son todas esas dimensiones del dolor que Nick siempre fantaseó por nosotros. Esa idea de que la religión siempre fue un espejo que querías que te mirara un poco menos. Ese temor a que la ficción terminara tragándote porque era algo demasiado real.
Nadie quiere que los fantasmas se hagan reales, pero justamente el tema acá es que el disco no es premonición de nada, sino que son los huesos de ese ser llamado Nick Cave, que da la vida por hacer canciones que dan la vida. La diferencia esta vez es que se coló en mala la realidad en el mapa de Fausto.
El Skeleton es esa fiebre que Nick siempre le cuidó a la muerte temida, cada puto chupete que le puso a su hijo antes de morir, cada canción que le dedicó al Dios en el que no confió nunca y que fue letra escrita en piedra sobre ese acantilado.
Skeleton fue escrito antes de la muerte de su hijo quizás porque en Nick Cave la muerte siempre estuvo rondándolo todo, con la única diferencia de que esta vez los fantasmas se hicieron realidad. Por eso es tan triste y tan real escribir del Skeleton, justamente porque a ese dueño del oráculo se le mató toda esa realidad que siempre quiso contarnos, esa que para él siempre fue construida con pedazos de fantasmas y con traumas, tratando de sostener el timón de la nave de los locos para que no se fuera a pique.
En el Skeleton no se pronuncia ni una sola vez el nombre de su hijo Arthur, pero la ausencia de su nombre es la que justamente lo hace más presente. En “Jesus Alone” dice: “Caíste desde el cielo / Te estrellaste en un campo / Al lado del río Adur / […] Con mi voz te estoy llamando”. En “Distant Sky” ya no está PJ para responderle a lo Pimpinela, pero sí está la soprano danesa Else Torp. Nick canta: “Nos dijeron que nuestros dioses nos sobrevivirían / Nos dijeron que nuestros sueños nos sobrevivirían / Pero nos mintieron”, a lo que ella responde: “Vamos ya, mi único compañero / Preparémonos para los cielos distantes / Pronto los niños habrán crecido / Esto no es para nuestros ojos”.
Para los que lo hemos amado siempre, Nick nos ha regalado más de las siete vidas de un gato: mil veces. Y Nick es tan grande, que en vez de esconderse en la cueva de su apellido, toma el lápiz y vuelve a ser ese valiente que siempre ha sido.
“¿Dónde está mi lápiz?”, pregunta en el documental de la grabación del Skeleton. Busca en el bolsillo donde siempre estaban sus certezas y esa ausencia es también la de su hijo muerto. Esa frase perdida o borrada. Esa sangre de su sangre de la que siempre habló.
Tal vez lo más grande del Skeleton sea que esa búsqueda sin certezas, donde las metáforas mueren como esqueletos de Brueghel, lo siguen a Nick teniendo al pie del cañón, disparando balas de esas que traspasan Kevlars.