Críticas

Traducir el lenguaje de la península. Sobre La península, de Ignacio Mardones (poesía, Chancacazo)

Fernando García
Egresado Teoría del Arte

Las penínsulas son extensiones de tierra que, sin separarse del continente, se alejan de él por medio de estrechos istmos que hacen de cordón umbilical, quedando toda ella, o casi toda, bordeada de mar, como en un útero. Son lugares apartados, geografías singulares que sin embargo están comunicadas con los grandes territorios. Así en este libro de Mardones, donde en cada poema puede sentirse y respirarse un aire conocido y, al mismo tiempo, particular, casi nuevo, una exhalación que pareciera recorrer geografías dispares o rincones inexplorados de un mismo lugar. Son tránsitos —físicos o mentales o ambas cosas— donde más que el trayecto importan las detenciones, escuchar “el viento gris en el poliéster de su abrigo” o preguntar si “tiene sentido que llueva en diagonal”. Capturas de imágenes, versos, rumores, pensamientos, sensaciones, en fin, materiales diversos que, como extraídos de una laboriosa libreta, se acumulan y ordenan en el territorio laxo del poema.

“Una cuidadosa/ organización de cristales”, así, como de pasada, pareciera definir Mardones este ejercicio.

El verso no es azaroso, sin duda. Y no solo por la cuidadosa y precisa escritura con que se urden estos poemas, sino también porque la organización de sus materiales, que tiene como eje vertebral personajes femeninos de procedencia incierta, se cuida a su vez de no ir de la mano de una organización del sentido. Es decir, los “cristales” están ahí, expuestos, nítidos, claros, pero sin embargo el sentido que recrean queda distendido, suspenso, vaporoso como la visión de una vaguada costera. Tienen el cuidado de conjugar dos cosas muy difíciles ya en sí mismas, por separado: control y abandono. En su conjunto arman entonces un sistema abierto, en donde las imágenes que el autor traduce del mundo esperan ser traducidas sensorialmente por el lector que ahora las tiene en sus manos.

Así uno va encontrando versos como estos:

“A cambio está dispuesta a presionar su ojo ocular.

Instruir el nacimiento de arcos tornasoles, figuras iridiscentes:

el aceite de motor y su metamorfosis

en aguas tranquilas”

 

“Ese vientecillo tibio de las mangueras cuando el pozo se agota”          

 

“Un verde oscuro

que deja pasar la luminosidad del horizonte

o el distinguido azul

de los alacranes mixtos”

 

Hallazgos así se suceden con admirable recurrencia dentro de estos poemas que son, también, escenas. Y no es de extrañar, pues Mardones (me entero por la reseña bibliográfica en la solapa) ha escrito también guiones de cine.

Aun cuando las comparaciones entre el cine y la poesía sean muchas veces odiosas y arbitrarias, el vínculo en este caso me parece pertinente, no solo por el hecho de que estos poemas recreen escenas o fragmentos de ellas, sino porque en sí mismos presentan un ejercicio de mirada que la justifica. Ahora bien, la influencia de cierto cine es muy notoria en la literatura actual, sobre todo en la narrativa, donde no pocas veces se utilizan dos o tres trazos descriptivos más un diálogo para armar una escena. Mardones, en cambio, no recrea escenarios ni acciones reconocibles o identificables donde “suceden cosas”; antes al contrario, como en el cine de Bresson, sus imágenes y encuadres privilegian más bien el detalle y el recorte: aquello que no alcanzamos a ver cuando miramos. Un ejercicio en donde el montaje de las partes, más que una forma de síntesis, es una forma de urdir, de hacer ver y sentir:

 

“Al lavarse los dientes el espejo se nubla

—la espuma cubre su mano

como un guante blanco”

 

“Ella se dijo ‘no caeré’ y pasó horas acostada

hasta que eso fuera cierto.

Las torres se balancearon con vergüenza.”

 

“La tarde tomó posesión de ella.

La abrazó.

El sol refulgía en sus anillos.”

 

 

Pero a diferencia del cine, con la poesía podemos mirar con todo el cuerpo, con todos los sentidos abiertos. Es una posibilidad al menos, aunque en eso me parece radica su potencia. A propósito de esto mismo, Germán Carrasco, un poeta que trabaja con imágenes predominantemente “visuales” y hasta “cinemáticas”, en tono mitad irónico mitad en serio se desafiaba a sí mismo a escribir con los ojos cerrados en lugar de “tanta cámara obsesa/ tanta foto/ tanto objetivismo”, un desafío que, huelga decir, no le vendría mal a varias y varios poetas actuales: cerrar los ojos y dejar que las imágenes entren por los oídos, por la lengua, por los poros. Me parece que estos poemas de Mardones se abren a ese juego, uno donde el cuerpo, como en todo juego, no se controla del todo: se trata de sensaciones, pequeñas visiones, pensamientos fugaces, sonidos violáceos, y de la conjunción insólita de materiales inesperados:

 

“Besa sus pensamientos repetidos, besa

una pantalla de televisores y siente esas agujas eléctricas

multiplicadas por mil”    

 

“La trayectoria de la luz es polvo en sus dedos:

hormigas conscientes y dispersas, alimentos agrios

machacados sobre una tabla, matemática difícil”

 

“Hoy las tumbas no se ubican en la sombra.

Sobre el mármol todo es claridad:

restos de frutas, insectos, máscaras de esgrima”

 

Sus imágenes entonces no trabajan en la línea del reconocimiento ni la figuración plástica de las cosas, con la que cierta tradición de origen poundiano ha hecho escuela en nuestro medio; algo de esa tradición hay sin duda en este libro (sobre todo visible en la “exactitud de la presentación”), pero más que reconocimiento la poesía de Mardones genera, a mi juicio, un efecto más rico e intenso: el extrañamiento, viejo término que acuñó Viktor Shklovski, quien lo utilizara para hablar del efecto de desnaturalización que ejerce el arte sobre nuestra mirada de las cosas, como si este nos entregara del mundo una imagen nueva o los cimientos de una aún por producir. En efecto, estos poemas se leen con una ligereza que se ve continuamente interrumpida por saltos que desencajan y que vuelven a encajar, como si se tratara de asociaciones que se conectan por lo que difieren.

Se trata de dejar al mundo actuar en su heterogeneidad sobre el lenguaje. Ser no el maniático organizador de su caos, sino un cuidadoso traductor.