Críticas

Un salto entre mundos: Manual para tartamudos, de Gonzalo León (Punto Aparte, 2016)

Carlos Henrickson
Escritor

Es peculiar que el estilo puramente prosaico tienda a curvarse hacia lo poético, en cuanto vemos la dificultad de plantear experiencias inefables: nos encontramos con imágenes propiamente bellas que nos presentan una opacidad que hace más denso y lleno de aristas este Manual.

El gran tema de Manual para tartamudos es un sentido profundo y trascendente del desarraigo. Los tres personajes que resultan ser narradores a distintos niveles del relato, viven cada uno su desplazamiento con distintos niveles y formas de decisión, y con una distinta extranjería íntima: eso es lo que la novela dice. Lo que no nos dice es que estos saltos de un territorio al otro se constituyen como saltos entre mundos, afectando de forma profunda no solo la psiquis de cada uno de estos tres, sino su propio status de realidad. Así, a este universo narrativo que parece sugerir una fragmentación en el corazón de su estructura, subyace una multiplicidad de mundos posibles en el seno de su historia, una Babel. Esa sugerencia termina inevitablemente ofreciéndonos una escritura de la sospecha, que corroe desde el principio: en la época de las comunicaciones instantáneas, León nos plantea un género que bien probablemente ya veíamos muerto y enterrado, esto es, la novela epistolar en su sentido propio, cuya convención asume una instancia de reflexión y memoria que es más propia de otra época y otra concepción del tiempo, de otra literatura. El mismo epígrafe -La emigración impone distancias. Y las distancias imponen, por necesidad de contacto, la escritura de cartas- pone sobre los ojos esta duda bajo su aparente certeza. El chileno sin nombre se explaya con abundancia sobre sus vivencias y memorias, en un tono que parece agarrar al vuelo hasta los detalles nimios, ofreciendo de sí un complejo retrato psicológico que página tras página nos va convenciendo de su quiebre íntimo, lo que trasciende en mucho una simple voluntad de comunicar; vemos más bien una operación de autorreconocimiento, en que una descarnada intimidad da lugar a la permanente confesión de múltiples errores, que acaban siendo algo más complejo y unitario, un error único y fundamental: una alienación profunda con la realidad. El personaje se nos revela como escritor, menos por alusiones pasajeras a su pretensión que por este desplazamiento íntimo, gemelo del geográfico.

En el proceso de una verdadera máquina de sentido que reordena el status de realidad de sus personajes, León termina ofreciendo un rendimiento decisivo: la investigación sobre el desplazamiento entre territorios, la migración en todo lo complejo de un salto existencial. Desde este fuera de lugar en que cualquier relación afectiva se vuelve imposible -la problematización del erotismo como frontera más que instancia de reconciliación es un índice poderoso en el libro, diríamos, la pasión sobre el amor-, toman el primer plano las pulsiones solitarias de una experiencia de la cultura propiamente apocalíptica y absolutamente no integrada; el chileno asume en el momento culminante de su alucinación su esencia de invasor. Ya conocíamos desde su obra narrativa anterior y su trabajo como cronista la mirada irónica y a menudo dolorosamente distante de León ante una realidad social que en su detalle personal muestra la fractura profunda entre las intenciones y lo real; en esta obra esa fractura va más lejos, creo. El chileno de las cartas es definido por el tatuador paraguayo como un escritor malo obviamente, porque siempre estaba sorprendiéndose de esto o lo otro, abrumado por el mundo que lo rodeaba y con la necesidad, o urgencia, de poner en el papel todo esto. Tras la lectura, vemos que se vuelve imposible la figura opuesta del buen escritor que asumiese el mundo orgánicamente y en calma: en el mundo de este Manual es solo un tartamudo el que puede dar cuenta del descalabro mayor, en el que la urgencia impuesta por el choque de esta segunda realidad solo lleva a la desarticulación, a un punto cero del sentido que es pura pulsión expresiva, de cara al abismo de la literatura como acción inerte e impotente. Cualquier proyecto de construcción del mundo solo rozará su superficie y por lo mismo será naufragio, lo que parece estar retratado en un amargo y vigoroso tono sardónico en el proyecto de tesina del paraguayo, así como en el armario del chileno que, sospechamos, nunca fue alhajado con libro alguno.  

El extraordinario mérito de este libro está en la implacable contextura narrativa de la máquina. León ofrece una capacidad de relato cautivante, poniendo en juego una oscura comicidad y un talento para plasmar situaciones y personajes palpables, reconocibles y empáticos. Es peculiar que el estilo puramente prosaico tienda a curvarse hacia lo poético, en cuanto vemos la dificultad de plantear experiencias inefables: nos encontramos con imágenes propiamente bellas que nos presentan una opacidad que hace más denso y lleno de aristas este Manual. Esa escritura de aristas, en que lo bello convive con una realidad degradada, es el sello de la mejor tradición prosística chilena, desde Blest Gana hasta Lemebel.