Críticas

Vivir entre lenguas, de Sylvia Molloy (Alquimia, 2016)

Paz López
Teórica del arte y docente

"Vivir entre lenguas" está hecho, en algún sentido, de una economía expresiva basada en la remisión, el tráfico y el contrabando de lenguas, materiales, nombres y autores.

Mientras leía Vivir entre lenguas parpadeaba insistentemente un relato de Pascal Quignard que parecía estar unido a este libro de Sylvia Molloy por un hilo delgado pero exacto a la vez. El relato es el siguiente:

 “Mi madre se sentaba siempre en una punta de la mesa del comedor, de espaldas a la puerta de la cocina. Bruscamente, mi madre nos mandaba callar.

(…)Extraviada, lejana, intentaba, fijo el ojo en nada, centelleante, hacer que le viniera en el silencio la palabra que tenía en la punta de la lengua. Nosotros mismos estábamos en el borde de sus labios. Estábamos al acecho, como ella. La ayudábamos con nuestro silencio - con toda la fuerza de nuestro silencio. Sabíamos que iba a hacer que regresara la palabra perdida, la palabra que la desesperaba. Llamaba desde lejos, alucinada, su masa vacilante en el aire”.

 Se trata de El nombre en la punta de la lengua, un relato autobiográfico que hace de ese recuerdo una escena fundacional. Obligado al ahorro de la palabra, apasionado desde allí por el silencio, la escritura se convirtió para Quignard en una manera de recobrar la palabra sin estar completamente caído en la lengua. En su punta, pero no en ella, atento “al silencio que sucede al interior de las palabras mismas”.

 En Vivir entre lenguas, no es el ahorro sino el despilfarro de palabras lo que retorna como imagen de infancia. Palabras en inglés, en español, en francés, palabras anómalas, palabras merodeadas por otras, palabras dominantes, palabras subalternas, palabras que parecen expandirse en la inconmensurabilidad de todos los sonidos posibles que una boca podría pronunciar. Pero en esa bulliciosa casa de infancia, la palabra también parece estar perdida. “A pesar de que tiene dos lenguas, dice Molloy, el bilingüe habla como si siempre le faltara algo”. “Siempre se escribe desde una ausencia”, acota. Y es que lo que se presenta como una apetitosa articulación de sucesos personales tiene la gracia de convertirse en este libro en una reflexión sobre la relación entre pensamiento, lenguaje y representación del mundo.

 De allí que la fabulación autobiográfica tenga aquí un notable rendimiento. Se trata de una vuelta sobre un género que Molloy conoce muy bien a propósito de otro de sus libros, Acto de presencia. Uno de los aspectos que a Molloy le interesan de estas escrituras del yo es la mediación narrativa, es decir, las formas culturales que allí se desperezan. Y Vivir entre lenguas está hecho, en algún sentido, de una economía expresiva basada en la remisión, el tráfico y el contrabando de lenguas, materiales, nombres y autores. Se trata de una escritura que abandona su épica paterna y demiúrgica en nombre de una mucho más sobria y quizás por eso mismo más amorosa. Una economía expresiva entonces, que más que intensificar una sensibilidad preexistente la produce a partir de esa compleja relación entre lo propio y lo extranjero, y que en ese gesto pone a tambalear la convicción de una identidad única y uniforme.

 Y es que el lenguaje porta esa misma cualidad monstruosa que el yo. La serie de anécdotas que se van perfilando en el libro vinculadas a la condición plurilingüista de la escritora, no están del lado de la ostentación sino más bien emergen como pruebas de un fracaso, un fracaso, diríamos, que proviene de la materia misma del lenguaje. Anne Carson le llama “silencio metafísico” a esa detención de la palabra que imposibilita que el comercio entre ellas llegue a buen término, a esa palabra –irreductible a toda palabra- que guarda silencio en su tránsito y que se vuelve por ello mismo intraducible. Cito a Molloy:

 “…si en el campo veo un cartel a la vera del camino que anuncia «hay», mi primera reacción es leerlo en español (desde el español) y pienso «¿qué es lo que hay?» antes de darme cuenta de que lo que hay es hay, es decir, heno. Para mí el cartel debería decir: «Hay hay», la primera palabra en español, la segunda en inglés. Estos pequeños desconciertos me irritan y sin embargo no puedo evitarlos”.

 Y si eso irrita a Molloy, es porque hay algo inquietante en lo intraducible, en ese fracaso, en ese silencio metafísico de las palabras. Si sólo nos dejáramos llevar por un entusiasmo etimológico, en las lenguas europeas la palabra traducción no diría otra cosa que “traslado a la otra orilla”. Y en esa navegación entre las orillas de dos lenguas, nos recuerda Andrés Claro, “lo que tendría que ser asegurado contra todas las vicisitudes de la navegación es el sentido”. Pero rápidamente Claro, así como Molloy, nos advierten que esa concepción dominante y corriente de la traducción, esa promesa de equivalencia en el paso de una lengua a otra, es imposible. Imposibilidad que se da entre las lenguas, pero imposibilidad también en la propia lengua, de allí que esa fractura sea nuestra primera e inevitable condición. “El hombre es una puntuación sobre la estructura del grito”, dice Del Barco, y entonces grito y silencio son dos nombres para una misma cosa, dos figuras de la desposesión, de una lengua que no hace otra cosa que deshacerse.

 Por eso mismo, ese grito nada tiene que ver con la palabra déspota, que siempre es altiva y chillona, que hace pasar lo particular por universal, que es proporcional a sus propias expectativas, a su pobre saber y que intenta atravesar intacta todas las lenguas del mundo con la saña de perro de presa de la consigna. La historia está repleta de esa palabra de amo, y así lo recuerda Molloy en Cruces bilingües:

 “En un disparatado intento de limpiar el país de indeseables, el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo determinó en 1937 eliminar a los haitianos que casi a diario cruzaban la frontera por razones de trabajo (…) El tamiz por el cual se hacía pasar al presunto haitiano era lingüístico. Se lo detenía, se le hacía decir la palabra «perejil» (o, dicen otros, «tijera colorada») y si la pronunciaba con la erre gutural del francés y con la jota trabajosa, se le negaba la entrada y, en más de un caso, se lo mataba. El perejil era su shibboleth, como para los miembros de la tribu de Efraín: delataba una extranjería intolerable”.

 Y si bien Molloy reconoce pasar de una lengua a otra sin acento, marca colonial por excelencia, no deja de reconocer que esa modulación de la voz hace que la lengua tersa y sin arrugas que uno considera la suya se sorprenda a sí misma de pronto embarrada. El castellano en boca de un inglés, en vez de acercarse a nuestro idioma nos distancia a nosotros mismos de nuestra lengua. Y en esa paradoja, el acento pone a delirar a las lenguas. De allí que Alan Pauls, que Molloy cita en su libro, diga que el acento “sea una manera radical de intervenir el ready-made de la así llamada identidad nacional, que nos quema, sin duda, que quizás nos queme siempre”. El acento, entonces, como una trepidación nerviosa, una vibración que establece con la identidad una relación de feliz sutileza, una reserva de lo extranjero ante lo propio.

 De su bilingüismo, Molloy se pregunta a lo largo del libro: ¿Cuál será la lengua de mi senilidad? ¿En qué lengua moriré? ¿En qué lengua despierto? ¿En cuál de los dos idiomas se reconoce la extranjería? ¿En cuál se traba la lengua? Si hubiera tenido hijos, ¿en qué idioma les hubiera hablado? ¿En qué lengua les hablo a mis animales? ¿En qué lengua soy? Cuando puede tantea una respuesta, sin embargo la tierna curiosidad que anima estas preguntas nos permite imaginar a una escritora abierta a los lugares que la propia lengua puede acoger, que acepta hospitalariamente el arribo de ese cuerpo extraño que viene a instalarse en su propio cuerpo. Porque la experiencia de la lengua que este libro intenta traducir, y no solo ilustrar y narrar, es también la experiencia de un cuerpo y una voz que no terminan nunca de pertenecerse y es preciso que así sea. Vivir entre lenguas es habitar entonces lugares de paso, que a veces pueden ser punzantes, otras veces jocosos, saludables o mortales. De todas formas la boca no está allí solo para hablar.

 Molloy advierte cierta inclinación melancólica que acompañaba su tarea de traductora, puede ser por la imposibilidad constitutiva que acompaña esta tarea o porque sabe que lo que se dice es siempre ajeno a su propia lengua, sin embargo no ha dejado nunca de escribir. Lo que ha cambiado, confiesa, es esa disposición anímica. Desconocemos qué temple se hizo paso, pero imaginamos uno más atento a averiguar aquello que pasa entre una lengua y otra, aquello que le pasa a una lengua y a otra, aún cuando el sentido no pase intacto. Fracasa de nuevo, fracasa mejor es la frase de Beckett que aquí resuena, y que mientras resonaba, me hubiese gustado que perteneciera a ese otro Molloy, veterano de la vagancia que Beckett publicara en 1951. Pero ya sabemos que fracasar es el único horizonte del que vive entre lenguas.