Críticas

Ximena Rivera: La tensión entre el ser y la palabra (presentación Obra Completa, Ediciones del Cardo 2016)

Eugenia Brito
Poeta y profesora

Ximena Rivera fue sin duda una de las grandes poetas chilenas de estas últimas décadas. Si fue conocida en Valparaíso, yo diría que Valparaíso es un universo chileno, rodeado de mar. No hay mayor diferencia entre ser conocida sólo en Santiago o en Concepción que en Valparaíso. Las palabras, los escritos de Ximena son porteños, son grises, buscan una casa, con olor a mar o a río, sueñan con el agua.

Conocí a Ximena Rivera hace ya algunos años atrás, en el año 2011.Yo estaba participando en el lanzamiento de Obra Reunida, de Stella Díaz Varín, cuando aparece la joven poeta Gladys González, con un grupo de artistas de Valparaíso, para leer parte de la poesía de Stella en esa presentación y homenaje.

Entre ellas estaba Ximena Rivera.

Dos años más tarde, me avisan de su inesperada, prematura muerte. Lo lamenté y me quedé con la sensación de que había podido conocer un ser impresionante y sensible, una escritura secreta y sin concesiones.

Comprendí el privilegio del homenaje a Stella Díaz Varín. Aunque había visto a Ximena quizá acompañando a la misma Stella, no había leído sus textos, no había comprendido ni una sola palabra de ella.

Hoy leo sus poemas con admiración, nostalgia y afecto. Leo la mente de Ximena y entonces empiezo a entender la distancia entre ella y sus textos en el poema ”La más pobre demostración de amor”: ”Yo sospecho que me será negada la alegría / que seré dividida en muchas voces/ que el corazón no muere/ cuando uno cree que debería /”.

La visita a la amada (ella misma o su doble, su heterónimo, no lo sabemos) transcurre en el páramo: “va con hojas secas a buscarla, hojas heladas, llenas de códices”. Códices como la historia que intenta transformar en “guión, en argumento/pues ese cuerpo persiste en mí/ como la costra de cemento/ que soporta la tierra que esparcimos/ y que ahora dibujamos para representar /otras historias”. 

En el primer poema publicado en esta Obra Completa (Ediciones del Cardo, 2016), Ximena siente el vacío entre palabra y gesto, historia y cuerpo, lenguaje y cuerpo, lenguaje y escritura. El repudio contra el guión preescrito, contra los argumentos preestablecidos en su cuerpo y quizá en su historia. Hay una intolerancia en ella hacia ese cuerpo que persiste en coexistir con ella de manera simultánea y porfiada, escribiendo sobre su carne y su memoria un guión divisorio, formando la costra entre el ser y su autorepresentación. Guión fantasmal y herido que permeará no sólo el cuerpo de Ximena, sino también su escritura, como se aprecia en el trayecto de la “tierra “ y su “vacío“ en el interior de su cuerpo, así como en los afectos que recibe y en las historias que desencadena y en las casas que habita. En su caída al “cemento” que finalmente se formula como una lápida sobre ella y sus proyectos.

En “Lo Bello y lo Triste” (cita de la novela magistral de Yasunari Kawabata) se lee: “Usted, después, lee tarde/ no sé que sombras/ no sé que cuerpos de mi memoria / tenemos todavía su nombre / distinguido en las letras/ que no es nuevo sino derivado /como un vaso de hermosas líneas, / aunque vacío”. Esta estrofa suspendida entre preguntas marca la pausa entre la nada y el ser; la desconfianza en toda representación que sentía la poeta, con cada “guión”, como el trabajo de la memoria, o de la letra. De manera paralela a Artaud, el “soplo”, como lo designa Derrida en “ La palabra soplada”, es el nombre de un doble que toma su cuerpo y lo ocupa con prestados nombres, con nombres usurpadores que le quitan ser:

No, no fui la esperada

la invitada a la fiesta grande

-la única que tuvo-

Y Ud. Me impugnó más allá de su naufragio

                                                 De su dominio

De su temor

 

A puertas cerradas en la noche honda

Desmintió mi intimidad.

 

El amor no es la contracara del desamor para la poeta, sino una invitación, una pregunta que las más de las veces no encuentra respuesta:

 

No sé modular la palabra amor,

Ese gesto grande y final

 

Grande, grande es mi súplica

Mi ruego es comprender por qué

El amor demora siglos en llegar a ser amor.

La casa como umbral y fundamento a ratos equívoco, y el cuerpo que “huele a tierra” y que cae en el cemento, son dos lugares, a ratos el mismo lugar que estructura la gran pregunta por el ser y por el lugar, que es Ximena Rivera y su poesía, la casa como incertidumbre y disgregación de los que moran, como la madre y la abuela. Cito: “Hay una casa al amanecer/ que cae hacia arriba/dejando una luz azul en las ventanas/”… La casa parece estar vacía y finalmente el único ser que la acoge y le brinda hospitalidad es Valeria, a pesar de que la casa que ella le brinda es una “jaula”.

Valeria, quizá su doble, su amor y su odio, somete a la poeta a un sacrificio, símbolo del acceso a su casa y su mundo. Sacrificio que implicará posteriormente la entrega de su ser en un festín:

En mi cuarto recuerdo el sacrificio

Y sé que Valeria está

Refrescando mi corazón para el festín

-       cada vez que sea necesario-

-       porque para ella

-       lo asombroso ya pasó

-       y sabemos muy bien que los dioses

-       dan su bendición

 La soledad y el vacío parecen ser los sucesores de estos amores de la poeta: “Y ahora/ qué me espera?/ las sombras / y / un decorado laberinto /Oh, ceremonias / pellejo hostil”.

Esta gran casa, vacía y llena de fantasmas, es la casa en la que predominantemente habita   la poeta Ximena Rivera. Una casa traicionera y abandonadora. La casa en la que Valeria, su doble, se somete a duros sacrificios para inaugurar su relación y su amor. Un nombre, la casa, para dejar pasar el viento, los pájaros y la lluvia.

Sin duda hay un intervalo, Pepe Carvallo, quien la acoge y la quiere. Pero Pepe Carvallo muere. Es un defecto. Pepe es fugaz y Ximena lo sabe. Luego vienen las deudas. Y la poeta dice con orgullo y legitimidad: ”Yo trataré de pagar a mis acreedores, trataré de pagar la cuenta completa, pero tengo claro hoy que no pagaré o mejor dicho, jamás volveré a pagar con poesía”.

El horror como dimensión de Dios, de lo viviente, es algo que siente X. Rivera en su poesía también, a la manera de Borges, en “Tres versiones de Judas” (Artificios, 1944). Esa dimensión del horror está en todo el libro, como la sombra, el doble, en palabras artaudianas presente en su lengua, en sus gestos y en su aproximación a lo cotidiano. Toda una cosmogonía que revela la maldición de Eva, los hijos que se matan (Caín y Abel), las figuras de la serpiente bíblica, la casa que en lugar de acogerla la espera como un ente sacrificial, y el agua que venía, con un légamo que la lleva al horror del pequeño gato muerto en sus ropas, de la muerta que habita en el río y que ingresa en su casa, como gran doble de la poeta: ”Una muerta en el río ha llegado a mi vida/ como llegaría el otoño a la primavera / una extranjera que muere en el río / por su propia mano: una persona puesta al margen/ por su propia mano”.

El enigma de la poesía de X. Rivera es que ella rompe el principio de identidad de sus materiales; el agua es discontinua, como la imagen de su rostro visto en el espejo, en cuyos ángulos no ve la realidad. Su poesía está llena de desdoblamientos. En ellos la realidad se vislumbra desde múltiples ángulos y perspectivas paradojales, pluralizando el paisaje de lo vivido, señalando también la angustia y tensión en que vivió la artista: su talento, su sexualidad, su enfermedad, su soledad y su asilo. 

Así la casa se llena de agua y no sólo de ella, también de la muerta, un doble entrevisto de manera vidente como figura surgida de una pesadilla, la muerta, la suicida se cuela por su casa y su cuerpo, pero no es tampoco una suicida, es una mujer castigada, liberada a un sacrificio social, dañada por la falta de atención médica y social, una gran artista, una poeta marginalizada en los recovecos de Valparaíso y sus crueles cerros.

En “Casa de Reposo“, inédito hasta ahora, escribe que ahora vive en ella, la nombra “barraca militar en el vacío“ y por último : “en esta casa, te guste o no, se anuda Chile y nuestro destino- con su dios feo, ese dios de tantos chilenos- que me grita en ese instante: Entra, te quedarás”.

 A modo de colofón

 Ximena Rivera fue sin duda una de las grandes poetas chilenas de estas últimas décadas. Si fue conocida en Valparaíso, yo diría que Valparaíso es un universo chileno, rodeado de mar. No hay mayor diferencia entre ser conocida sólo en Santiago o en Concepción que en Valparaíso. Las palabras, los escritos de Ximena son porteños, son grises, buscan una casa, con olor a mar o a río, sueñan con el agua. Cosa que no nos pasa en Santiago; uno sueña con la mayor democratización del país, con el trabajo, con el dinero. Nunca con el río ni con el agua. Y se esfuerza en no caer en la locura. Después de todo, qué es ésta sino la incomprensión del vacío a pesar de que nos rodee hasta la médula.

Ximena escribió sobre todo de ese vacío, de su existencia en el núcleo del ser y del lenguaje. Lo padeció, lo escribió, lo vivió y lo nombró como la casa del amor. O la casa de Chile. Pues Ximena dio con el nombre de Chile, la madera, el doble, la sombra, el fantasma, la amenaza y la disolución como lo hiciera José Donoso en El Obsceno Pájaro de la Noche, un guijarro, una llama. Después el vacío, la nada.