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Yo sé que ahora vendrán caras extrañas: recuerdos del ARCIS

Federico Galende
Escritor y profesor U. de Chile

En el ARCIS cantó una tarde Serrat y Lemebel le plantó un beso en la boca, Guattari pormenorizó la pena infinita de los pobres y de los locos y Jacques Derrida se disculpó ante una pequeña platea por alojar en el hotel de ricos en el que lo puso la Embajada de Francia. Hicimos libros, tuvimos prensa, publicábamos a Edmond Jabés al lado de los estudiantes, Nelly Richard invitaba a gente como Laclau mientras otros hacían lo mismo con el politólogo más desvalido y más anticuado.

Cuando días atrás leí la noticia de que se cerraba el ARCIS, me fui a la cama y, como ocurre en esas películas sensibleras de Tornatore, me quedé toda la noche con los ojos abiertos recordando instantáneas que empezaron a trepar por la almohada como una interminable peregrinación de hormigas. Pensé en el título de aquel fabuloso libro de Peter Handke: Desgracia impeorable. En una de las instantáneas me veía a mí mismo muy joven preguntándole a mi pareja de entonces si me ponía zapatos o zapatillas. Zapatos, me decía ella, no te conoce nadie y es mejor dejar una buena impresión. Era un domingo de otoño de principio de los noventa, había desembarcado en Chile por primera vez hacía apenas un par de horas y a la mañana siguiente debía presentarme a dar un curso en una universidad a la que llamaban así: ARCIS.

Recuerdo que llegué a la hora, ingresé a la casa que indicaba la numeración y volví a salir de inmediato para corroborar que no me había equivocado. No, no me había equivocado. Así que me quedé mirando el hall, las cinco o seis habitaciones que lo rodeaban y después, naturalmente, miré mis zapatos. Resplandecían desorientados sobre la escalera de madera por la que subí en dirección a una pequeña oficina de la que salió como una ráfaga un colorín que debía tener cinco o seis años más que yo: el colorín era encantador, tenía una sonrisa abierta, generosa. Me dio un abrazo, me llevó a recorrer las instalaciones y los pocos minutos que nos robó el orgulloso tour que me hizo por esas salas destartaladas bastaron para que empezara a sentir que en Chile tenía ya un amigo y que ésta era realmente mi casa. Desde entonces la hospitalidad se abrevió para mí en ese nombre: Gautier, Emilio Gautier.

Gautier había militado en las juventudes comunistas, era graduado en historia y estaba a cargo de la subdirección de una carrera, la carrera de sociología, cuyo director era Manuel Contreras. Se había puesto otro nombre porque el suyo le daba vergüenza: todos sabían que se llamaba así, pero él no sabía que todos sabían y éste era uno de los secretos que circulaba con malicia infantil al interior de los pasillos. El ARCIS tenía por entonces esta inocencia, era incauto y concentrado. No había “académicos”, sino intelectuales, hombres y mujeres que provenían en no pocos casos de la soledad del exilio, de la militancia política, de los libros leídos a la sombra de alguna cárcel, a lo Tonio Gramsci. Esto les proporcionaba una visión de mundo muy amplia, un sistema de pensamiento modelado por retahílas de penas e ideas que tenía algo de único y que formaba en conjunto una clase profesoral de estirpe. No creo que con sus indicadores, sus innovaciones y sus “masas críticas” (todo del entero gusto de la señora Delpiano), haya existido a lo largo de los últimos veinte años una universidad que pueda jactarse de contar con una planta profesoral como la que lucía el ARCIS de aquellos días.

Era una universidad interesante, pero también irritativa, incómoda, conflictiva. Se solía decir que allí habitaban la crítica y el “debate de ideas”, lo que en realidad no era tan cierto: la crítica le interesaba a algunos, pero la mayoría defendía sus sistemas teóricos con cierto grado de fanatismo o de obstinación. Era una obstinación cómica, que rayaba en el ensimismamiento fallido, en una suerte de severidad fatídica y tierna. Con el debate de ideas sucedía algo muy similar: si no funcionaba tanto, era porque las ideas cada quien las había salvaguardado como una pieza preciosa a la vuelta de una travesía medio sangrienta. Se venía de defenderlas tragando saliva en patíbulos y confesionarios, no era llegar y ponerlas patas para arriba, tironearlas de un lado para otro como un cachorro. Lo cierto es que nadie entendía mucho de bromas si uno sin querer penetraba en sus territorios y que el entretejido que esto forjaba tenía sus incordios, sus malestares y su pesadez también.

Pero así como a ratos y no en todos prevalecía esta especie de saber partisano, también había algo suelto y gracioso en las formas de llevarse con esa precariedad tan evidente. Nadie parecía percibirla: la gente era inteligente, despreocupada y muy poco pretenciosa en porciones bien repartidas. El saber se cuidaba con celo, es cierto, pero este celo era honesto, profundo, apuntaba a las convicciones y no a las carreritas o al arte de andar engordando curriculums. La punta de ovillo más dúctil de esas custodias relativamente severas estaba en el rector Luis Torres, a quienes todos llamábamos Lucho y cuyas mejillas rojizas exteriorizaban la imagen de un soñador empedernido. Los proyectos que concebía Torres, la mayoría de ellos imprevisiblemente exitosos, contaban quizá con el defecto de dejar siempre alguna viga suelta. Previa consulta con Castillo Velasco, oráculo laico que le daba el vamos mientras lo seguía con el rabillo del ojo, Torres trazaba sus emprendimientos en el aire, donde hacían un equilibrio muy frágil, y luego los ponía a rodar, en ocasiones con la candidez del que desconoce los parapetos y los zarpazos.  

Pero los parapetos y los zarpazos existen y hallan en el poder sin forma, tan propio del ARCIS como dijo una vez Pablo Oyarzun, su incentivo y su abono. Sin que se comprendiera con facilidad quién dirigía la batuta, los raros peinados nuevos y los secretitos sucios no tardaron en asomar, así como tampoco los cosacos mal afeitados que mascaban chicle con la boca abierta y estrenaban modales conminatorios mientras lo destruían todo con disparatada beligerancia. En el ARCIS cantó una tarde Serrat y Lemebel le plantó un beso en la boca, Guattari pormenorizó la pena infinita de los pobres y de los locos y Jacques Derrida se disculpó ante una pequeña platea por alojar en el hotel de ricos en el que lo puso la Embajada de Francia. Hicimos libros, tuvimos prensa, publicábamos a Edmond Jabés al lado de los estudiantes, Nelly Richard invitaba a gente como Laclau mientras otros hacían lo mismo con el politólogo más desvalido y más anticuado.

¿Cómo fue que se transitó de aquello a lo que vino después? No sé si se transitó ni tampoco creo que baste con darle golpecitos en el hombro al PC para que nos lo explique o con acusar a una ministra que cambia el libreto todos los días: los que conocimos el ARCIS de aquella época sabíamos perfectamente bien que un barco con esa carga estaba condenado a hundirse lentamente. La agonía fue su estilo memorable, el ARCIS fue siempre un poco eso y los cosacos, en tal caso, no necesitan ser individualizados, entre otras cosas porque esos cosacos son la parte maldita de una izquierda que está acostumbrada a dispararse en los pies y a desperdiciarse en riñas que no entran en el ojo de ninguna cámara, salvo en el de una derecha procaz que hoy está en todas partes y en el de un cenáculo de ministretes tibios que cuentan los fajos con un pucho en la boca mientras dejan morir el único pasado que los honra. Con esta clase de gente no se brinda, pero si un día me vuelven a invitar a dar clases voy con mis zapatillas.